El niño barroco
 
Autor: José Luis Cano Rodríguez
Col: Últimas lecturas
Edición: Media Vaca
Caract: Año 2021, 120 p, il, 18,5 x 23 cms.
ISBN: 978-84-122263-4-8
     
 
Media Vaca acaba de publicar, en su colección Últimas lecturas, el libro del zaragozano José Luis Cano titulado El niño barroco
Como dice Antón Castro, “José Luis Cano (Zaragoza, 1948) es uno y multitud. Por eso siempre es difícil saber quién es el hombre que firma José Luis Cano, Cano a secas, Canico como también se le conoce porque hace «canicos»: libritos casi minúsculos donde encierra en pocas páginas, poca letra y muchas ilustraciones, vidas ilustres, ilustradas e iluminadas.
Es el tipo que posee la risa más estentórea del mundo probablemente, sonora como un torrente que se desmelena, indócil como un potrillo sin desbravar. Algunos dicen de él que tiene algo de hermano gemelo de El Roto, pero les diferencia, sobre todo, que Cano ríe mejor y más constantemente. Tiene una risa casi salvaje, que es el anverso de una timidez tan abrupta como bien llevada. Y como Andrés Rábago El Roto es lúcido, radical, pesca la vida al vuelo y la resume en un bocadillo que parece un pensamiento de Cioran.

José Luis Cano empezó a hacer viñetas de humor a principios de los 80. Artista expresionista, creó unos hombrecillos con unas trompas inmensas, que era su aproximación personal a la caricatura cubista, y unas abuelas que apenas eran algo más que un triángulo de luto y que «un borrón negro con nariz y patas». Los unos y los otros hablaban, con sujeto y predicado, como filósofos: ellos ponían en órbita eso que se ha dado en llamar el humor somarda, esa mezcla de acracia natural, cazurrismo y sabiduría popular que provoca estragos. Dice las cosas como si no quisiera decirlas y te deja escocido en el estómago y en la inteligencia. Más tarde, hacia los 90, Cano eligió otros dos personajes: un anciano rural de la tribu, más bien amargado con todo (incluso con el capricho de las estaciones), abrazado a una oveja, y una mujer con una radio que vomita noticias sin parar. La radio exaspera a la oyente o le ayuda a entender el mundo. En el fondo, Cano siempre ha estado preparando la puesta en escena de su gran sentido del humor, que tendría su proyección absoluta hacia un vasto puñado de personajes aragoneses marcados por una característica: la esquizofrenia.
A este asunto le ha dedicado un libro reciente, y algunas de esas criaturas reaparecen aquí, en este viaje en el tiempo a Zaragoza: desde San Lamberto al dibujante Gutiérrez, que retrató a Gregorio Calmarza; desde Engracia y Avempace a Francisco Marín Bagüés, que quiso pintar un mural en el Pilar y todo quedó en agua de borrajas. Desde el charco Goya seguía diciendo: «Que en acordarme de Zaragoza y pintura me quemo bibo». Aunque mi personaje favorito es el menos conocido: María Luisa Cañas, Marisica. Esta anécdota real a Cano le viene como anillo al dedo. Odia las historias felices. Jamás podría ser un best-seller.
Zaragoza es una de las ciudades con más personajes ilustres y raros por metro cuadrado. Cano es uno de ellos y aquí los mira a todos como a iguales. Como antepasados con un aire de familia, como hermanos, cómplices y cabecitas locas. A algunos les había dedicado monografías completas en el sello Xordica (Buñuel, Goya, María Moliner, Gracián, Sender, Ramón y Cajal, Fernando el Católico...), pero no se repite. Y además, logra algo admirable: convierte a Zaragoza en el centro de vidas ilustres, en el escenario de anécdotas, rebeldías, gestos surrealistas o crueles como la muerte de Santo Dominguito de Val, pero también sabe convertir un instante aislado, como el retrato de Luis Mompel a Ava Gardner, en un relato, en una aventura con valor en sí misma, en una leyenda de amor a primera vista forjada en una plaza de toros. José-Carlos Mainer dijo una vez que el escritor José Luis Cano estaba próximo a la erudición y al espíritu de Borges. Cano es un contador de historias, un poeta visual, un alquimista de los trazos, el pariente español de David Levine. Sólo una persona así puede pensar que Eusebio Blasco merece la inmortalidad por haber inventado el término suripanta”.
A pesar de su breve extensión, este libro no es fácil de explicar. Contiene, por una parte, el relato muy vívido de una pesadilla de infancia. Por otra, ofrece información sobre algunos pintores barrocos que tuvieron en vida poco o ningún éxito (salvo dos). De manera menos evidente, es un homenaje al crítico de arte alemán August L. Mayer y al pintor granadino Alonso Cano. Finalmente, es una obra autobiográfica en la que el autor, pintor (entre otras muchas facetas), cuenta cómo su padre, también pintor, lo introdujo a empellones en el oficio.
Además de las reproducciones de cuadros de Alonso Cano, Francisco Collantes, Francisco Palacios y Valdés Leal, entre otros artistas, que figuran en colecciones de importantes museos españoles y extranjeros, el volumen reproduce dibujos, pinturas y un sello de Correos con retratos de personas que son, han sido o habrían podido ser el pintor Alonso Cano, posible pariente lejano del autor de este libro. Tan posible es que lo sea como lo contrario, pero no se puede negar que los dos comparten el apellido y la profesión, y si uno se planta ante determinado cuadro del Cano mayor, considerado un autorretrato, y lo mira de perfil y con los ojos entrecerrados, incluso se intuye un parecido.
Como diría un crítico sagaz: «Este no es un libro más sobre el Barroco español, entre otras cosas, porque en él se cita la revista La Codorniz y a los Hermanos Marx». Es, en cualquier caso, un regalo ideal para niños y niñas, barrocos y barrocas, de todas las edades.

 


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