Mi energía íntima*
 

Llevo más de 50 años entregado a la reflexión y práctica de la poesía y no sabría decir en qué momento de mi vida empecé a sentirme poeta; de tal modo se asimiló a mi naturaleza biológica mi naturaleza poética. Uno crece y no se da cuenta de que crece, uno respira sin tener por qué percatarse de cómo se produce el mecanismo sutil de la respiración. Sé, sin embargo, cuándo empecé a emborronar papales con mis primeros ejercicios de poesía; ejercicios que me permitirían comprobar más tarde que lo que por naturaleza se recibe como don gratuito o gracia infusa debe transformarse con el auxilio del arte y exhalarse desde un sistema unitario de respiración.

La fusión de conceptos como vida y poesía, naturaleza y arte permite concluir que el estrato más íntimo, gratuito y libre, esencial, de la naturaleza humana, se corresponde con un orden de realidades sentimentales que cabe identificar con lo poético. Los momentos mas intensos, plenos y maravillosos de la vida, inútiles en un sentido práctico, son poéticos, y es así porque lo maravilloso se muestra reacio a toda producción y, sin embargo, lo invade todo con su presencia.

Estamos acostumbrados a medir las actividades humanas según baremos de productividad y rendimiento práctico y atribuimos al poeta la imagen de un loco o un soñador al margen de la sociedad y de espaldas a la realidad eficiente por creer que su trabajo no sirve para nada. El poeta verdadero no es, por esencia, ni un loco, ni un rebelde, ni un revolucionario, ni siquiera un poeta en el sentido usual que solemos atribuir al término; o, si se quiere, es todo eso a condición de que se entienda que es, por esencia, una persona como cualquier otra, aunque dotada de unas cualidades artísticas poco comunes para canalizar la energía íntima, el flujo libre de la experiencia humana, indefinible como el amor, la vida o el misterio insondable de la muerte.

El poeta parte de la realidad empírica, cuya materia se elabora en la escritura hasta transfigurarla mediante la expresión poética. La poesía, pues, supone una transformación por la que se renueva, en cada momento de su manifestación, la experiencia humana. Transforma al sujeto que la emite y al lector que la recibe; transforma la realidad social y política y, por supuesto el lenguaje convencional de la comunidad. Que esto no sea así, pone en evidencia, evidencia trágica diría yo, el abismo que nos separa del ideal poético en plenitud al que deben aspirar las facultades humanas. Que esto no sea así revela hasta qué punto el ser se ha convertido en insignificante y desechable, y los sentimientos en objeto obsceno de mercancía y de venta.

Resulta, pues, muy difícil comprender que la poesía, como la naturaleza, paradójicamente, sea, como afirma Heidegger, “lo más antiguo de todo lo anterior y lo más joven de todo lo posterior”; que la poesía, siendo lo más antiguo nunca envejezca porque es en cada ocasión lo más joven. Una realidad intemporal pasa a experimentarse por primera vez en cada fase temporal.

Permitidme un breve excurso sobre mi poesía. En ella la transformación artística se proyecta a lo largo de un recorrido que va de la realidad de la tierra al mundo de la fábula y el mito. La transformación afecta no sólo al personaje biográfico sino a los territorios físicos (Letux, mi pueblo de nacimiento, núcleo que se expande hasta abarcar todo Aragón). Es decir, que mi naturaleza personal queda fundida a la naturaleza de mi tierra, mi historia personal a la historia colectiva de mi tierra y mi tierra al mundo, en el desarrollo de una cosmogonía que se cobija bajo los resplandores del mito.

El poeta, colocado en esa frontera de transformación, entre la realidad y la fábula, tiempo existencial y mítico, entre mundo profano y sagrado, entre naturaleza y arte, viene a integrar lo que la razón omnipotente ha dividido. A la luz del mito la realidad se renueva, el mundo se ilumina, la historia se torna ejemplar, la vida se contempla como celebración y fiesta, las relaciones humanas recuperan su dignidad y el orden político se convierte en tarea colectiva, creadora y poética. No de otro modo coinciden necesidad política y libertad poética. Poeta y político se dan la mano dentro del círculo que va de la acción a la actitud contemplativa, de la realidad a la imaginación y de la imaginación a una nueva realidad. Al político corresponde la tarea de transformar la materia que el poeta ha de convertir en figura y obra de arte.

Que mi obra se ilumine hoy a la luz  de consideraciones que, con J.R. Jiménez, cabría calificar de político-poéticas, es para mi motivo de gozo. No me ha gustado nunca el mundillo que rodea a la literatura, con frecuencia campo de intereses y de mercaderes en que todo es sustituible e intercambiable. Me retraje de ese mundo y me encerré en la soledad, a solas con los amigos de mi tierra. Mis amigos de la Asociación Aragonesa de Escritores me presentaron al Premio de las Letras Aragonesas, me lo concedió un Jurado ilustre y ahora se me entrega de manos del Presidente del Gobierno de mi tierra de Aragón. Ningún honor más inesperado y alto para quien como yo había dejado de interesarse por galardones y reconocimientos.

Estoy contento y satisfecho de que se premie una actividad literaria, la poesía, que cada día semeja más inútil, ya que no cuenta para la acción práctica y la operatividad del mundo o queda rebajada a la función de simple instrumento de cultura. Orgulloso porque con este acto se sanciona y refrenda toda una trayectoria lírica mía de más de cincuenta años entregados al ejercicio literario y a mi tierra.

Y qué emocionante que fuera Huesca la Ciudad en que concebí mi teoría poética imaginativa de Aragón y que, al cabo de los años, celebremos hoy en Huesca su cumplimiento. Muchos años, toda una vida esperando la llegada de los pájaros, cuyo canto anunciaban mis poemas. La poesía, como el mundo que inaugura, está viviendo en todo momento, y lo dicen los pájaros que están llegando ahora, como canta mi poema:


Y llegaban los pájaros
no sabemos de dónde.
Quizás de las tormentas de la nieve,
quizás de las praderas brillantes como espejos,
de los bosques oscuros.
Se oían a lo lejos voces descompasadas,
tableteos del aire por las altas barrancas,
en el atardecer de las arenas.
Y eran voces de niños que gemían
al fondo de los árboles,
y voces de mujeres y hombres que cantaban
por los acantilados de la luna,
por las lentas cascadas de la luz.
Donde no hubo lugar hay ya lugar,
donde no había tierra hoy hay un mundo.
Lo dicen las campanas de la nieve,
lo dicen los dorados pedernales al alba,
un ladrido lejano de perros tras los montes,
los pájaros azules que ya llegan cantando
no sabemos de dónde.

*Discurso de recepción del "Premio de las Letras Aragonesas 2005". Huesca, 31 de mayo de 2006

 
Rosendo Tello Aína. Abril 2006
 
   
 
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