"Invitación a la lectura"
 

"Invitación a la lectura"

 La prueba de fuego para el escritor es la confrontación con los lectores. El artificio que convierte una novela en una condensación de vida —el tono, la estructura, la graduación argumental…— se acredita al ser leída. Los escritores necesitan un lector implacable que aquilate su valía. No sirve uno mismo, la obra suele ser una emanación tan personal que se confunde con los humores biológicos. Tampoco son fiables los amigos; unos te elogian por amistad y otros para que la mediocridad pase inadvertida. A falta de un crítico ajeno a la amistad, la envidia, el peso de la editorial y otras larvas, pueden servir unas docenas de adolescentes.

Llevo más de una década participando en Invitación a la lectura. Te meten en un aula o un salón de actos con cincuenta o cien adolescentes que han leído un libro bajo la dirección de los profesores. Los chavales no están resabiados por prejuicios, la mayoría funciona con bipolaridad primaria: sí/no, me gusta/lo odio. Los docentes atemperan la crudeza de algún juicio o las preguntas impertinentes (las más interesantes), pero siguen existiendo miradas de entusiasmo, gestos de reprobación, silencios expectantes o murmullos de aburrimiento, además de algún e-mail con remitente desconocido, que sirven para plantearte las cuestiones esenciales que cualquiera que escribe se debería hacer aunque resulta incómodo contestarte: ¿qué hago? ¿Por qué? ¿Hasta dónde influyo? Sólo por participar en ese banco de pruebas, donde se fraguan los futuros lectores, la experiencia ya vale la pena.

Invitación a la lectura es un programa admirable. No lo digo porque haya que contentar a cientos de profesores entusiastas sin desairar a nadie con un escritor de segunda fila, ni porque se deban soportar a los autores y viajarlos por la geografía aragonesa, ni porque sea un programa pionero e imitado. ¿A qué viene, entonces, el calificativo? Porque lleva décadas el staff (administración, mentores, próceres culturales, escribientes entre los que me incluyo) diciendo que la lectura es un acto necesario, forjador de ciudadanos críticos, imprescindible y tal. Y nadie ha hecho nada, aparte de profesores aislados que exudan amor por la literatura y la contagian, por mejorar la situación. ¿Qué programa, acción o iniciativa de envergadura se ha puesto en marcha en Aragón con esta finalidad? No me nombren la actividad cultural de los centros comerciales, cuyas ganancias provienen de la venta de libros; tampoco sirven los concursos y conferencias con que las entidades bancarias barnizan culturalmente su acción especuladora. Todas ellas quedan muy bien, pero no hacen lectores.

Los hábitos de lectura (como los deportivos, los científicos y tantos otros) se despiertan y se fijan en la adolescencia, época evolutiva significativa. En el agridulce proceso del despertar vital estas experiencias quedan grabadas en la cera virgen de la conciencia. Recuerdo que consolidó mi devoción libresca el melancólico comentario, sotto voce, de un profesor del Goya. Dijo que uno de los grandes placeres era leer La Regenta, con un habano y una copa de brandy a mano. Lo expuso con cierto desprecio, por lo cual probé; me aficioné a los tres. Si una parte de la adolescencia trascurre en los institutos es allí donde debería enraizar la curiosidad lectora. El único programa que afronta el reto de forma continuada es Invitación a la lectura. Naturalmente que es mejorable, posiblemente debería tener un apartado de poesía, quizá de teatro, por qué no ciclos de cine y literatura, implicación de las familias —nosotros leemos, nuestros hijos leen—, incluir el periodismo y a los columnistas en la invitación... Requeriría dos condiciones: medios y gente. ¿Los hay? Pasear por las aulas a una parte significativa de los escritores aragoneses y españoles se está haciendo con más ilusión que medios. También exigiría tiempo lectivo —nunca mejor dicho—, en detrimento del determinado para cuestiones gramaticales. Mantengo, aunque me cueste el pescozón de los amigos filólogos, que los alumnos que terminan la ESO tienen nociones de monemas y sintagmas, pero encuentran dificultades al interpretar un editorial del Heraldo o de El País o para mantener una conversación argumentativa.

Los programas con una calidad probada y muchos años de funcionamiento corren el peligro de que no se valore su importancia. Conseguir que participen en Invitación a la lectura más de cien centros, con trescientos profesores implicados y setenta escritores, muchos de ellos representativos de la literatura actual española, supone un logro difícil de alcanzar. Quizá sea el momento de que nuestra Administración educativa aportara los medios y concitara las sinergias para un objetivo ambicioso: los chavales de secundaria en Aragón son los más lectores de España. En una época confusa de búsqueda de señas de identidad sería un signo distintivo.

¿Por qué tanta alharaca con la lectura? Pese a los avances de la democracia, las minorías —económicas sobre todo, pero también las políticas y las monopolizadoras de los medias— imponen soterradamente sus criterios. Frente a ellas se precisan ciudadanos críticos, que piensen por libre. Uno de los mayores estímulos para fomentar la libertad y la originalidad de pensamiento es la lectura. Probablemente seguirá siendo minoritaria, una minoría imprescindible.

 
Félix Teira Cubel
 
   
 
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