La poética del vigilante: Rosendo Tello
 

 

 

LA POÉTICA DEL VIGILANTE: ROSENDO TELLO

Hay cosas que conviene decir en toda su rotundidad, porque no faltan las voces críticas que se pronuncian a favor de alguien pero con virulencia sectaria ("¿contra quién va este elogio?", se preguntaba Unamuno, especialista reputado en la envidia hispánica) y son muy frecuentes las voces que reparten elogios por doquier, al uso postmoderno. Nadie confundirá la mía con unas o con otras si sostengo, de entrada, que Rosendo Tello administra la palabra más rotunda, importante y original de la poesía aragonesa de hoy. Pienso que habrá pocos que me contradigan, lo que no es milagro en un escritor muy fiel a su trabajo (como autor de poemas, profesor de literatura o impulsor de un movimiento asociativo de escritores) y nada propenso a exhibirse. El Premio de las Letras Aragonesas que se le ha otorgado némine discrepante tendrá pocas oportunidades de ser tan certero en la elección del galardonado.

Y es casualidad felicísima que la elección haya coincidido con la publicación de las setecientas páginas de El vigilante y la fábula, conjunto de las poesías (casi completas) de Rosendo Tello. Cada libro tiene (o debe tener) su propia gestación y la de éste ha obedecido a un designio global que se hace muy patente al lector, como lo ha sido previamente para su creador. Observemos que se acoge a un título dual y hasta dialéctico, como ocurre en La realidad y el deseo, de Cernuda (o en El caminant i el mur, de su predilecto Salvador Espriu), y prefiere no recurrir a una toma de posesión jubilosa –como Aire nuestro, de Jorge Guillén- o a la expresión de una radicalidad negativa, como Punto Cero, de José Ángel Valente, e incluso el paradójico pero unitario título de Primavera de la muerte, de Carlos Bousoño. El título enigmático elegido por Tello para su obra total nos obliga a buscar más atrás el origen de estos lemas: dos de sus libros previos, Fábula del tiempo y Más allá de la fábula, nos enseñaron que la "fábula" es la construcción de la realidad en la conciencia, al modo de un relato, como si fuera el desvelamiento de un mito explicativo al que se llega por un camino de lucha áspera y que nos explica, al fin, el orden secreto de las cosas. Pero también hay otros títulos que nos ayudan a entender este proceso de ascesis y que manejan siempre las nociones de itinerario, de esfuerzo, de trayectoria hacia un lugar de arribada, bien definido en su espacialidad: Rosendo Tello ha usado en otros de sus títulos de términos como fundaciones, estancias, caverna del sentido y cabaña de la luz, y de troquelaciones como hacia el final del laberinto y consagración del alba.

Se advertirá que en todos esos elementos titulares está presente la experiencia de otra realidad, tangible aunque oculta, que se define como un lugar y a veces como un rito (consagración, fundación). Y quizá sea en su libro Las estancias del sol donde se hace más evidente la majestuosa relación de espacios sagrados, de mansiones secretas, muy a menudo realzados por las mayúsculas. Y donde entendemos mejor la noción del Vigilante, que constituye –como se recordará- la otra parte del título de sus poesías completas. En Las estancias del sol, Rosendo Tello ha usado de la primera persona del plural, del nosotros, como personificación del poeta que cuenta: algo que resulta muy de los años sesenta, muy aleixandrino y también muy de Salvador Espriu, me atrevería a decir. Pero el Vigilante que se invoca es uno solo, sin embargo, como quiere la tradición romántica: un enviado, un destinado, puede que incluso un chivo expiatorio. En Más allá de la fábula declara, en nombre de ese explorador de incertidumbres: "Pues si no hay tesoro que guardar, / ¿qué hago yo aquí?". Y en el poema "La voz del vigilante", del reciente libro Hacia el final del laberinto, Tello lo contempla al final, efectivamente,

desnudo y solitario

como cuando naciste con dolor de tu madre

y el dolor más terrible de nacer otra vez

en la tierra de nadie donde lloran los árboles

y enmudecen los pájaros.

¿Han servido para algo su sacrificio y su vigilia? El poeta-vigilante sabe que está concluyendo su misión y que, sin embargo, "todo sigue igual, como si tu jamás, / sombra de luz en sombra, hubieras existido".

Digamos, un paso más allá, que la trascendencia de Rosendo Tello es la de un agnóstico con respecto a las creencias concretas, pero que está alumbrada por la grandeza de ánimo de un metafísico que quisiera hallar una explicación de todo. Sus mitos no son formas de pensamiento primitivo sino relatos de sentido, y recordaré al paso qué poema más hermoso es aquél, que podría parecer propio de unos Juegos Florales piadosos, "La que más altares tiene", unos versos pilaristas escritos por quien cree en la fecundidad de la creación de mitos y ha leído con atención a Andrés Ortiz-Osés, a veces tan enrevesado. Los dioses o las fuerzas superiores que buscamos somos, en realidad, nosotros mismos o la proyección de nuestros sueños. Lo que, por cierto, resulta una idea sugestivamente cercana a la de Juan Ramón Jiménez en su última etapa, la de Dios deseado y deseante, a menudo juzgada erróneamente como religiosa. En la "Estancia V" de Tello leemos estos versos reveladores:

¿Pues qué es de hombres sino la certeza de que los dioses viven

en nuestra libertad, templando nuestras vidas con espadas

cada vez más civiles? Entremos en las simas

de los desfiladeros interiores que iluminan las lámparas

del vacío terrestre y avanzamos cansados a través de la noche

y alentamos el aire que desciende rojo como el espíritu

que nos conduce aquí. Y dioses somos.

Nuestro poeta lleva muchos años embarcado en este trayecto de iluminación, que se inició (tras Ese muro secreto, ese silencio, un primer libro que tiene algo de César Vallejo) en Fábula del tiempo, un poemario de referentes rurales todavía y muy de época, muy labordetiano y muy imprecatorio, al que siguió luego un ciclo de ambientación oscense –Huesca y las estribaciones prepirenaicas; Jaca, con el Solano que se abre al oeste de la ciudad-, cuyos poemas reflejan la insatisfacción y la búsqueda, pero también la madurez de una temática. Lo componen Paréntesis de la llama, Libro de las fundaciones, Balada a dos cuerdas y Meditaciones de medianoche. Pero nada se pierde en esta poesía, tan fiel a su propósito inicial: el lector comprobará que los exergos que el poeta pone en cada uno de sus libros son, a menudo, restos de lecturas recientes pero, sobre todo, son fragmentos de su propio libro inmediatamente anterior. De ese modo, el lector comprueba que cada volumen es un acendramiento y una vuelta de tuerca sobre el precedente.

Hacerlo así significa que ésta es una poesía en tensión, incluso consigo misma, y alguien podrá preguntarse si los años la han amortiguado, y pervive en el poeta entrado en años la escenografía visionaria que tuvo su culminación en Las estancias del sol. Puede que no. El poeta de Augurios y leyendas de un tiempo que se va, de Confesiones en vísperas de domingo o de Hacia el final del laberinto trabaja versos tan rotundos como siempre pero con la conciencia de escribir los pasos de un lento crepúsculo, con la inquietud inquisitiva de siempre pero también con un explícito deseo de plenitud en lo íntimo, con nostalgia pero con perseverancia. En el último libro, el poema "Reflexiones tardías con música de fondo" resulta una composición espléndida que rinde tributo a una compañera permanente (la música) y que expresa aquella contradicción: el poeta se sabe cada vez más denso de sí mismo, pero también ajeno, como si él fuera otro; conoce bien su esfuerzo heroico pero también los síntomas de su inutilidad: por eso se llama a sí mismo, en atrevido hipálage, "desconsolado intérprete de una música sorda", y se define también como "lento animal de carga / o pájaro cansado de rastrear la luz". No sabe de dónde viene ni a dónde va, aunque quizá lo haga de "un reino tenebroso". Y el poema concluye en un resumen en forma de oxímoron pero cargado de profundo sentido: "Jardín de maravillas. Bastión de mis tormentos".

No es que la poesía de Tello desemboque en la desesperación. Le consta que en su largo camino ha habido y hay mucha música propicia, no poca amistad de fondo, constante amor por los suyos: no hay sino repasar las dedicatorias tan expresivas de sus poemas. Y algo de esto se resume en unos versos de "Pasión por la luz": "Desde los ventanales de mis versos / rescatados del tiempo, veo sombras / adorables pasar bajo la luz del día". Porque es cierto que la luz, la culminación de la realidad en lo diurno, es cada vez más importante para el escritor, aunque la noche siga trayendo siempre la comezón de conocer. En las Confesiones en vísperas de domingo, hay unos versos que nunca le agradeceré bastante porque nos están dedicados a mi mujer y a mí, la "Epístola a mis amigos". Sólo quién ha vivido con Maribel y Rosendo Tello la experiencia jubilosa de descubrir parajes irrenunciables –las cataratas de Iguazú en un día turbio, la bahía de Río en pleno mediodía, la inmensa noche estrellada de Florencia, el Bósforo al caer una tarde de verano- y se lo ha oído recordar luego, puede entender la capacidad de este poeta para trasegar experiencia en poesía, vida en alta reflexión sobre el ser. Aunque Rosendo y sus compañeros de viaje también sabemos que todo periplo lo es hacia adentro, hacia nosotros mismos:

                Pero el viaje mejor y más profundo,

                el viaje más arcano, el que nos reconcilia

                con la vida y el mundo, lo he vivido en la casa

               de unos pocos amigos, frente a la noche hermética,

               a la luz de las lámparas.

Seguiremos viajando, para comentarlo después, y Rosendo Tello seguirá dando fe (poética) de esa búsqueda solitaria con la que, sin embargo, ha sabido encandilar a muchas promociones de alumnos, de alevines de poetas y de lectores de versos. La poesía se escribe en soledad pero se vive en generosidad. Y Rosendo sabe mucho de una y otra.

 

 
José-Carlos Mainer. Septiembre 2005
 
   
 
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