José Luis Borau. Premio de las Letras Aragonesas 2009
 

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De entrada, debo confesar que este premio me llena de orgullo y satisfacción. Pero,  como todos los premios, también me inunda de responsabilidad. Porque cuando recibes un galardón, sobre todo si es tan importante e inesperado como éste, no piensas en el reconocimiento, ni en los aplausos ni, mucho menos, en el trofeo correspondiente, sino en que cuando ruedes una nueva película o escribas un nuevo libro, los espectadores o los lectores recordarán la distinción y podrán preguntarse ¿pero este es aquel señor que un día fue Premio de las Letras Aragonesas?

Por fortuna, al menos en tal sentido, no creo que vaya a hacer más películas, pero el riesgo persiste porque sí pienso publicar más libros; cuantos pueda o me pida el cuerpo. Así es que tiemblo, después de haber reído, según rezaba el viejo lema de La Codorniz. ¿Lo recuerdan?

De forma y manera que este premio no sólo es importante porque te lo concedan en tu tierra, en tu ciudad -con lo que eso significa para cualquier bien nacido-, sino porque además, y yo diría que sobre todo, porque puede condicionar el futuro inmediato de aquél a quien va dirigido, es decir, el de un seguro servidor. Este premio contiene también su parte de venganza satisfecha puesto que, frente a quienes no lo reconocieron nunca y en muchos casos siguen sin reconocerlo aún, siempre creí que un escritor cinematográfico tiene poco o nada que envidiar a cualquier autor teatral, sin ir más lejos, sobre cuya condición literaria nunca ha cabido la menor duda.

El guionista debe encontrar un tema, buscar unas circunstancias, ordenarlas, crear unos personajes, desarrollar sus acciones, describir el marco visual donde trascurren éstas, y dibujar los diálogos que cuadren con todo ello y con el género elegido en principio para su fábula. ¿Qué falta entonces para que el señor que hace todo eso, si lo hace bien, sea considerado un escritor, y un escritor de cuerpo entero, además?

Convicción, apoyada en hechos como que la Academia francesa -la madre de todas, no lo olvidemos-, contara desde los primeros años sesenta con René Clair y, desde hace muchos menos, con Román Polanski entre su lista de inmortales, o que en los estudios de California a escritores de la talla de Faulkner, Fitzgerald, Chandler y Capote no se les cayeran los anillos por trabajar con Howard Hawks o los hermanos Marx.

Sin embargo, para muchos de aquí y de fuera de aquí, un guionista era alguien a quien se pagaba por inventar las cosas que pasaban en la película (¡nada menos!), y pare usted de contar. Ni siquiera eran invitados a los grandes saraos de Hollywood en los tiempos felices. Nadie quería caer en la cuenta de lo que cuesta escribir una buena historia cinematográfica donde, además de todo lo dicho, es imprescindible templar gaitas con el productor, el director y, de haberla, hasta con la estrella de turno. Eso por no hablar del poder omnimodo en su momento, de nuestra Censura.

A lo largo de treinta y cinco años de explicar la asignatura de Guión, dentro y fuera del país, solía poner como ejemplo el de El apartamento. Pocos se han parado a pensar en la sabiduría, la experiencia, el donaire, la malicia, la capacidad de manipulación, entendiendo el término en el buen sentido, que contiene su libreto, superior a la mayor parte de las novelas o comedias teatrales que pudieran haberse escrito en aquel año de gracia de 196O. A muy escasos autores les está permitido alcanzar el grado de brillantez, astucia y oportunidad que Billy Wilder y su colaborador Diamond derrocharon en aquel trabajo. Un crítico dijo, y estoy con él, que nunca, ni en los mejores periodos del cine soviético, se había hecho una crítica tan despiadada del capitalismo puro y duro, sin perder por ello la sonrisa ni la emoción.

Lo curioso del caso es que, a veces, son los propios guionistas quienes rechazan o recelan del sambenito literario. A ese respecto, creo pertinente traer a colación una anécdota, a mi juicio expresiva, aunque la haya prodigado en varias ocasiones y corra, por tanto, el peligro de repetirme. Llevado de ese convencimiento de la condición literaria de una historia cinematográfica, cuando me nombraron presidente de la Academia del Cine Español -todavía no sé muy bien por qué, dicho sea de paso-, consideré que era obligación inexcusable el recabar para nuestros escritores su condición de tales frente a cualquier otra actividad o modalidad derivada del uso de la pluma, léase ordenador, aun cuando en ocasiones no lo merezcan o buena parte de sus logros se pierdan en el trasvase abismal que suele darse entre lo inventado y las imágenes realizadas por otra persona después.

Así que hablé con Luis García Berlanga, quien sigue siendo presidente honorario, y por muchos años, de nuestra Academia, pues nadie puede ganarle en cuanto a méritos y autoridad. “Luis, le dije, es una cuestión urgente, ya resuelta en otras cinematografías desde hace años. Creo que deberíamos acudir a la Española y tratar de poner orden, por decirlo así. Y Azcona parece el más indicado”. Luis estaba de acuerdo conmigo en todo, así que fuimos juntos al palacio de la calle Felipe IV, en Madrid. Allí nos recibió muy bien otro aragonés -Luis medio lo es también, por cierto-, y zaragozano por más señas, don Fernando Lázaro Carreter, a la sazón director de la Casa.

Hablé yo porque Luis siempre prefiere quedar en segundo término hasta ver por dónde pinta la cosa. “Tienen ustedes toda la razón, la cuestión parece indiscutible y, además ya se había hablado aquí del asunto. Incluso habíamos barajado algunos nombres”, contestó el Director. Manifesté cierta sorpresa y pregunté: “¿Ah, sí, cuáles?. “Pues, mire, los de Fernando Fernán-Gómez -y señalando al propio Luis, añadió- y el de usted mismo”. Creí ver una sombra de contrariedad en el semblante del director de Bienvenido, Mr. Marshall, como si hubiera dicho para sus adentros: “Si lo sé no vengo, ahora ya no me eligen”.

Fue, como digo, una sombra fugaz porque Lázaro Carreter preguntó a renglón seguido: “Y ustedes ¿han pensado en alguien?”. “Pues sí, en Rafael Azcona”. Y expliqué los motivos: aunque el de Logroño hubiera comenzado la carrera de escritor con dos o tres novelas, medio olvidadas, la sustancia e importancia de su creatividad se había volcado en el guión cinematográfico, no sólo dentro del ámbito español sino en el europeo asimismo, en Italia o Francia para empezar. El Director me cortó: “Sí, verdaderamente... Bueno, pues no hay ningún inconveniente”. Luego hizo una pausa sibilina, una pausa que me atrevería a calificar de aragonesa por su aparente inocencia y profunda retranca: “¿Pero ustedes se lo han dicho al señor Azcona?”. “No, sólo hemos venido a proponerlo”. “Pues yo creo –concluyó don Fernando- que deberían hacerlo cuanto antes”.

Total, que nos vimos otra vez en la calle de Felipe IV, ahora muy contentos por el resultado de la gestión. “Qué bien ¿no?”, exclamé. Y Berlanga replicó: “Bueno, pero a Rafael se lo dices tú ¿eh?”. Aquella salida me indignó. “¿Cómo que se lo diga yo?”. Por una circunstancia particular que no viene al caso, Azcona y yo nos conocíamos desde que él dibujaba en La Codorniz los chistes del “repelente niño Vicente”, es decir, mucho antes de que hubiera irrumpido en el Cine, pero aquello había sido una circunstancia casual, irrelevante, mientras que con Luis había hecho sus mejores películas, y posiblemente las de todo el cine español: Plácido, El verdugo, no sé cuantas más.

Pero él seguía empecinado. “No, no, yo no se lo digo. Díselo tú”. Así que hube de ceder. Al fín y al cabo, la idea de ir a la Academia había sido mía. Llamé a Azcona y le invité a almorzar. Y pasadas las vaguedades iniciales, durante las cuales él debió pensar que iba a encargarle algún trabajo, decidí entrar bruscamente  n materia. “Mira, Berlanga y yo hemos ido a la Academia de la Lengua para proponerles que te hagan académico. Y nos han dicho que están de acuerdo”. Rafael se medio incorporó del asiento, indignado, y comenzó decir en alta voz: “¿Yo? ¿Académico yo? ¿Yo ponerme un chaqué y hacer un discurso en público? Ni lo pienses. Vamos, es que me parece mentira que a ti, que me conoces desde hace tiempo, y a Luis, que me conoce bastante mejor aún, se os haya ocurrido semejante barbaridad”. “Lo hemos hecho para prestigiar el oficio -arguía yo, un tanto asustado por la reacción-, y te advierto que les ha parecido muy bien...”. Pero él no atendía a razones, y seguía despotricando. “¡De ninguna manera, hasta ahí podíamos llegar...”. Me enfadé, claro, y zanjé la cuestión. “Nada, hombre, no te preocupes, no estás obligado”.

Volví a casa, y esa misma tarde llamé al Director de la R.A.E.: “Azcona se niega en redondo”. “¿Ve usted, ya me imaginaba que no iba a ser fácil...”, fue su comentario. Y entonces comprendí la pregunta sibilina que nos hiciera en su momento, así como el afán de quitarse de enmedio del amigo Luis. “Qué hacemos ahora”- preguntó Lázaro. “Fernán- Gómez”- contesté ya sin dudarlo.

Pocos días después, aprovechando que el Festival de Malaga rendía homenaje -uno detantos- a nuestro ilustre pelirrojo, le dije al entrar en el comedor donde se iba a celebrar el ágape: “Oye, Fernando, cuando acabe esto, quiero hablar contigo”. “Ah, muy bien”-, replicó creyendo igualmente que iba a sugerirle una película o algún otro asunto similar. Y a la hora de los postres vino a buscarme para ir a sentarnos en mesa aparte. “A ver, Borau, qué es eso”. “Pues que Berlanga y yo hemos estado en la Española para proponerles que te hagan académico”. “¿Y?”, preguntó él, sorprendido e incrédulo a la vez. “Nada, que les ha parecido muy bien”. Entonces hizo una pausa, durante la cual me miró, inquisitivo, antes de responder con el bigote erizado, según tenía por costumbre en ciertos momentos: “Pues mira, Borau, otros andarían cantinfleando, diciéndote que sí pero que no, que a ver, que no sabían... Yo te lo digo con sinceridad: a mí me interesa”. No había más que hablar, de manera que, en cuanto pude, llamé de nuevo a Lázaro Carreter. “Mire, don Fernando, que sí. Que Fernán-Gómez aceptaría encantado”. “Ah, pues maravilloso”- replicó él.

El nombre de Fernando sólo ofrecía una pega, y era que destacando en tantos campos –la interpretación y la dirección de cine y teatro, el guión, el ensayo, los artículos de prensa, los cuentos, las novelas- la idea de escritor cinematográfico se diluía a la hora de recabar atención para quienes inventan y trazan las películas. Pero, bueno, el caso es que entró en la Academia para convertirse en el primer cineasta que lo hacía. Cineasta, es decir, peliculero, cómico de la legua, farandulero y hasta, si me lo permiten, saltimbanqui del celuloide. No creo que desde el ingreso de la poetisa Carmen Conde, con quien se abrieron las puertas de la Casa para una mujer, se haya dado parecida novedad entre aquellas cuatro paredes.

Nunca he tenido noción cabal del tiempo. Y es posible que en esta anécdota haya consumido bastante más del que se me ha concedido para la ocasión. Pero con la historia del ingreso de Fernán-Gómez en la Española, he uerido matar dos pájaros de un tiro. Por una  parte, dejar constancia de mi viejo convencimiento de que el guionista cumple un servicio literario imprescindible en la fábula cinematográfica, según vengo repitiendo, y que reconocerlo así por parte de nuestro más alto estamento literario, bien podría considerarse un primer paso de importancia.

Y por otra, que este Premio de las Letras Aragonesas, al recaer en quien ha sido guionista y profesor de Guión sobre todo, viene a suponer algo así como una ración de miel sobre hojuelas o, si lo prefieren en términos de mayor intensidad, la cuota de venganza de la que también hablaba al principio. Ese sentimiento que, lo admitamos o no, asalta al guerrero cuando ve la batalla en trance de ser ganada.

El premio lleva implícita además la publicación de un librito donde se reunen textos o fragmentos del homenajeado, de los cuales puedan desprenderse algunos datos de su biografía, personalidad o maneras literarias.

Lo malo del caso es que quien les habla ha escrito muy poco, por no decir nada, sobre sí mismo, y en cuanto a sus películas se cuidó muy mucho de no incluir circunstancias o incidentes que pudieran recoger o reflejar aspectos personales. No por discreción ni, menos aún, por afán de humildad, sino por la sencilla razón de que gastar fuerzas y perder el tiempo contando lo que uno sabe de memoria por haberlo experimentado antes en carne viva, le hubiera aburrido lo indecible. Cuando se trabaja para el disfrute propio, sólo interesa averiguar como resultará en la pantalla o en las páginas de un libro lo que hayas podido sacarte del magín, comprobar si un experimento de estilo o enfoque rinde el fruto apetecido. ¿A dónde vamos a escapar, que es de lo que en el fondo se trata a fín de cuentas, si pretendemos viajar a cuestas con la mochila de los errores, por no decir pecados, que arrastra cualquier bicho viviente por definición?

Bien mirado, tampoco creo que nuestra experiencia, la mía en particular, pueda ofrecer atractivo para nadie, ni por dramática ni por risible. Y desde luego, no cabe tomarla como representativa de una mentalidad, una clase social o una educación determinada. En cuanto a trabajar con el prurito de rendir testimonio de algo -tu tiempo, tu país o la mentalidad imperante en ambos- me parece postura demasiado altruista, cuando no pretenciosa, para la desgana social que suele consumir a la mayoría.

Algo muy diferente supone que, pese a nuestra vigilancia, se escapen datos, maneras, preferencias e incluso confesiones, no buscados ni pretendidos por quien fabula. Deducir de un relato puede resultar gratificante aunque aventurado para el lector o espectador, y desde luego constituye un ejercicio saludable. Más aún, viene a significar en cierto modo la pimienta invisible que da sabor al guiso ajeno.

Menos mal que, buscándole tres pies al gato, es decir, al problema, descubrimos cómo orillearlo también: hablando de los demás. En colaboraciones, en prólogos o en programas de mano sí he escrito mucho sobre amigos y compañeros de fatigas, en cuyas trapisondas vitales me ví envuelto a veces, por lo regular con gran placer para mí y no poca admiración hacia los sujetos en cuestión. Hablando de ellos, hablaría en cierta medida de uno mismo, y cabría resolver la papeleta aunque fuera a duras penas.

Y eso es lo que he hecho, con alguna excepción, llamemosla infantil, en el librito de marras que ahora, a la salida, les entregarán a ustedes. Lo he titulado A cucharadas, remitiéndome al conocido verso de Eliot, y también al engaño con que solían empujarnos nuestros mayores cuando pretendían que apurásemos el puré. El puré de la vida, se entiende.

Gracias al jurado, a las autoridades y a los amigos aquí presentes. Me siento en deuda con todos, de verdad. Ya veremos lo que pasa a partir de ahora.

 
 
   
 
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