Apuntes sobre el álbum ilustrado. Tres ejemplos
 

El álbum ilustrado: los orígenes

Desde finales de los años cincuenta artistas como Leo Leonni, Maurice Sendak o Tomi Ungerer sentaron las bases de lo que conocemos como álbum ilustrado. Se producen por estas fechas algunos títulos clásicos: libros como Nella notte buia (En la noche oscura) de Bruno Munari, en el año 1956; Pequeño azul, y pequeño amarillo, de Leo Leonni, en 1959; Los tres bandidos, de Tomi Ungerer, en 1961 y Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, en 1963.

El álbum ilustrado abría las puertas a múltiples posibilidades desde el punto de vista de la experimentación formal. Bruno Munari, procedente de las vanguardias en las que en los años treinta participa del movimiento futurista, se adentró en la  investigación sobre el libro-álbum. Son proyectos en los que, en muchas ocasiones, se difuminan las fronteras entre libro infantily libro adulto. Munari introduce en el libro papeles transparentes, hilos, cartulinas de color, perfora las páginas, juega con los materiales y las texturas.

En esta época se establecen también las bases conceptuales del libro-álbum. Libro este en el que la imagen domina sobre el texto, generalmente muy breve y que forma parte de la página como un elemento visual más. La ilustración ya no es sólo un elemento decorativo que embellece el libro, sino que tiene una intención narrativa y es portadora de significado que complementa y enriquece el texto literario.

Nadarín de Leo Leonni, es un hermoso ejemplo. La historia de los pequeños peces que se agrupan para hacer frente al pez grande, leída sin las ilustraciones no tendría sentido. La narración es la suma indivisible del texto y las ilustraciones y de este diálogo surge la fuerza poética del álbum.

Como Leonni, otros autores pioneros realizaron una obra a la que es importante volver cuando reflexionamos sobre el álbum ilustrado, sobre su utilidad y sentido. Por encima de todo fue una obra libre, no porque no les preocupara el receptor sino todo lo contrario, porque confiaban extraordinariamente en él, en su imaginación e inteligencia y, sobre todo, en su capacidad de asombro frente al mundo todavía intacta. Tres ejemplos El álbum ilustrado tiene una historia relativamente joven. Pero la reunión de todos los álbumes editados constituiría ya una enorme biblioteca y cada año salen a la luz novedades que la amplían. De esta biblioteca imaginaria todo lector tiene un fragmento, constituido por los libros que conserva y, también, por aquellos que ha leído (especialmente de niño) y recuerda. Con estas breves notas sólo pretendo extraer de esta bibioteca algunos títulos, tres nada más entre otros posibles, que personalmente me parecen significativos y destacables cuando menos en mi experiencia como observador del álbum ilustrado. Tienen en común estar realizados, en parte o totalmente, por autores de Aragón en el período de tiempo que va desde 1991 hasta 2009. Son libros que, desde mi punto de vista, mantienen el espíritu de indagación y los valores antes apuntados y que por ello tienen y tendrán vigencia.

Leopold, la conquista del aire de Francisco Meléndez.(1)

En el colofón del álbum leemos: “Desde 23 de septiembre de 1989 a 30 de marzo de 1990, festividad de San Amadeo, Francisco Meléndez concibió, escribió, ilustró y caligrafió esta historia ficticia del buen Leopold recibida con agrado por sus editores y dedicada a la memoria del insigne profesor Ganswindt.”

Efectivamente en este, como en el resto de los trabajos que realizó en el período de tiempo que va desde 1989 a 1992, Meléndez ilustra sus propias narraciones, historias que incluso caligrafía, conviritiendo a veces el propio texto en dibujo, como ocurre de forma especial en su álbum El verdadero inventor del buque submarino de 1989. Después de una brillante carrera como ilustrador de textos ajenos y de ser reconocido nacional e internacionalmente(2), Meléndez se lanza a crear una serie de álbumes que, sin lugar a dudas, dejaron una huella importante en la historia de este género en el que la narrración literaria se une a la narración gráfica. En todos sus álbumes Meléndez pone en juego mecanismos similares. Son siempre historias en las que utiliza el recurso cervantino del narrador ficticio. La portada de Leopold está firmada por Oskar Keks, narrador que es también uno de los personajes protagonistas de esta historia sobre los orígenes de la aviación. De la misma forma, en El verdadero inventor del buque submarino encontramos la firma de Annibal Cobelet, el criado que nos narra las aventuras y desventuras de su amo enamorado de una sirena.

También, como ocurre en El viaje de Colomus con el descubrimiento de América o en Kifuko Yep-Yep con la prehistoria, Meléndez toma como referencia un momento histórico para fabular sobre él. En Leopold este juego entre realidad y ficción nos transporta a una ciudad centro europea de finales del siglo XIX. En este escenario, entre mansiones de la aristocracia y elegantes jardines situa el autor las peripecias de tres amigos empeñados en construir una máquina voladora. El juego entre lo real y lo inventado es constante y está en la esencia del trabajo artístico de Meléndez. La fidelidad en el detalle (los vestidos de época, la precisión en todos los objetos que aparecen en el escenario) se produce siempre en un contexto en el que el realismo dialoga con la fantasía visual más desbordante.

Quizás Leopold no es el mejor álbum de Francisco Meléndez, el más perfecto, el más equilibrado. Es un libro irregular, que no tiene la armonía de El verdadero inventor del buque submarino. Meléndez se desborda, va un poco más allá y, utilizando todos sus recursos se lanza, como el personaje de su cuento, a un vuelo particular de su imaginación.

En una de las páginas centrales, los tres amigos Leopold, Gustav y Max, a bordo de un globo aerostático, vuelan/navegan por la ciudad de Roenisgsdorf. En la página siguiente los vemos ya muy alto en el cielo y el punto de vista del observador situado por encima de ellos recoge los detalles de la pequeña ciudad que abandonan y del océano que se pierde en el horizonte. Con sus dibujos, con sus colores, con su precario globo, Meléndez consigue algo extraordinario pero esencial en cualquier obra de fantasía:: hacernos por un momento despegar el pie de la realidad.

Una casa para el abuelo, de Grassa Toro e Isidro Ferrer.

Isidro Ferrer explicaba así el origen de este libro ilustrado: “(…) nace de la necesidad de ajustar cuentas con mi biografía. Estaba conmocionado aún por una muerte en mi familia y quise tratar el tema de la muerte, tabú para los niños, de una manera sensible y poética.” El texto de Grassa Toro se inspira en la costumbre de los indios puna de Colombia de enterrar a los muertos bajo la casa para mantener unida a la familia.

Une maison pour grand-père se publicó por primera vez en Éditions Thierry Magnier, en el año 2001, y no fué hasta el 2006 cuando el libro apareció en español editado por Ediciones Sins Entido(3). La edición francesa tiene un formato de 12x12 cm que en la española se amplió hasta 20x20 cm.

Formalmente el álbum mezcla dibujo, collage y piezas en volumen, direcciones en las que habitualmente se desarrolla el trabajo de Isidro Ferrer. El protagonista de la historia es el abuelo fallecido, es decir, su esqueleto, representado mediante una pequeña escultura que nos recuerda la iconografía de la celebración del día de los muertos en México. Ese día, mediante figuritas de papel maché, dulces y juguetes, los esqueletos salen a la calle de manera festiva. Es una manera de relacionar la vida y la muerte alejada de los tonos sombríos y que está presente en este álbum colorista y luminoso. El tema está tratado con ternura y humor: el esqueleto del abuelo, representado mediante una figura de madera pintada y metal, en su tumba lee poemas con sus gafas de alambre y saluda levantando el sombrero al gusano que le hace una visita.

La historia nos cuenta cómo, tras la muerte del abuelo, su familia construye una casa sobre su tumba para permanecer cerca de él. En la parte final del libro lo poético surge de la relación entre palabra e imagen. El texto nos dice que, dentro de la casa, la abuela cuenta a la familia historias por la noche y vemos una imagen nocturna: sobre la casa una luna suspendida de un alambre que nos conduce a la página siguiente. Allí,unidos al mismo alambre que sale esta vez de su boca, encontramos los personajes de los cuentos que narra la abuela. Y es al volver la página cuando descubrimos el desenlace: “cuando ella llega a la historia del barco, ella tiene siempre voz de hombre”. El abuelo sigue presente en la familia precisamente a través de la palabra, de los cuentos.

El león Kandinga, Boniface Ofogo y Elisa Arguilé.

El autor del texto Boniface Ofogo, adaptó una leyenda de su país natal, Camerún. Una narración oral en la que, como en toda fábula, los animales son espejo de las conductas morales de los hombres. El león Kandinga es símbolo del poder y la avaricia.

En el relato se opondrá a él la astucia de la liebre que, después de ser traicionada por el león, se vengará causándole la muerte.

El relato no oculta la fiereza y la violencia de la naturaleza. Tampoco la oculta las ilustraciones de Elisa Arguilé, pero lo hacen de una forma sumamente estilizada. La gran virtud de este álbum es la concreción de su propuesta en lo referente a los aspectos visuales, una aparente sencillez que es producto de la depurada articulación de todos los elementos que componen la narración gráfica.

La portada nos muestra ya el personaje principal, el león Kandinga. El león, como el resto de los personajes, tiene la rigidez y la expresividad de las máscaras africanas. En la representación de los animales, encontramos también los elementos decorativos seriados (tan característicos del trabajo de Elisa Arguilé y también del arte africano). Es importante señalar que esta aproximación a los motivos del arte primitivo así como otras similitudes pictóricas que se podrían encontrar en esta obra, no producen la sensación de algo forzado. El universo del álbum es coherente y autosuficiente.

Destaca la sencillez en la representación del escenario, la selva. Figura y fondo forman un todo en el que lo figurativo juega con lo abstracto y viceversa. Pero el gran protagonista del álbum es el color. Colores primarios, rojo, amarillo y negro sobre todo, con alguna nota verde o azul. Colores intensos que se repiten sin matices de tonalidad página tras página y que contribuyen a reforzar la sensación de unidad que transmite el álbum. Un álbum que no nos recuerda a ningún otro(4).

En El León Kandinga, Elisa Arguilé da forma a un universo particular con sus propias leyes y sintaxis, una característica esencial de todo buen álbum. Cuando abrimos las páginas de los tres libros anteriormente comentados encontramos visiones muy distintas, pero sobre todo encontramos autores que, sin consideraciones artificiales sobre lo que se supone que el receptor espera de ellos, han sido fieles a sus planteamientos y los han desarrollado de principio a fin.

Como han subrayado muchos especialistas, el álbum ilustrado puede jugar un papel muy valioso en la educación de la ética y estética del lector infantil. Me parece imprescindible no separar estos valores. Las obras realizadas para niños, como cualquier producto artístico, tiene que ser fruto de una imaginación libre y creadora. Munari, Leonni, Sendack, aquellos que empezaron a concebir los primeros álbumes eran conscientes de ello. Sería importante que todos los que directa o indirectamente nos dedicamos ahora a esta tarea, no lo olvidáramos.

Notas

(1) Leopold, la conquista del aire, Francisco Meléndez. Editorial Aura Comunicación, 1991.
(2) Premio Nacional de ilustracion en 1987 por la obra La oveja negra y demás fábulas (Ed. Altea).
(3) El libro, en su edición del 2006, recibió numerosos premios: Nacional de ilustración, Junceda y Daniel Gil al diseño editorial.
(4) Editado por Kalandraka en 2009. Resultó premiado en Seul en el 2nd CJ Picture Book Award.

 
Jesús Cisneros
 
   
 
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