PER ARDUA AD ASTRA… José Alcrudo Quintana In Memoriam
 

He puesto al comienzo de estas líneas cuatro palabras latinas, que formaron el emblema de la marca tipográfica de un librero e impresor del siglo XVI, cuyo nombre no soy ahora capaz de recordar. Lo podríamos traducir como “Por la Adversidad hasta las estrellas”. Este mismo emblema fue adoptado por las Fuerzas Aéreas Británicas (Royal Air Force, R.A.F.) durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se enfrentaron a la aviación alemana, en el cielo de Inglaterra, a pesar de que la Luftwaffe les superaba abrumadoramente en el número de aviones de combate. Creo que el emblema de los aviadores británicos encaja perfectamente con el espíritu de la persona a la que quiero rendir un tributo de admiración, mi colega y amigo el maestro librero José Alcrudo Quintana (1918 – 2010)

El librero Alcrudo fue además de un buen librero, un editor, un distribuidor y un referente indiscutido de la Cultura – con mayúscula - y de las Bellas Artes en Aragón, durante la segunda mitad del siglo XX.  Conoció la adversidad como pocas personas, pero no se amilanó nunca, quizás por su condición de aragonés tozudo.

Si hubiera que resumir en dos palabras las actividades en torno al mundo del libro de José Alcrudo, podríamos escribir que fue un “librero creativo”, capaz de dedicarle al difícil oficio librero los años comprendidos entre el 1945, en que comenzó en su kiosko “Pórtico” y el año 2005, en que ya dejó de acudir asiduamente por su librería, para acercarse de forma esporádica. Tenía claro que la responsabilidad de las decisiones e iniciativas del trabajo estaba ya en mano de sus hijos – Carmen y José Miguel – y no olvidaba que los buenos libreros saben hacer un discreto mutis.

Un muchacho de 18 años, que quizás pensaba estudiar Medicina para ejercer como médico, igual que su padre y su tío Moisés, se tropieza con el “Alzamiento Nacional” del 18 de julio de 1936. Su padre y su tío eran de ideología anarquista, además de ser unos buenos médicos, que a menudo atendían a los pacientes de limitados recursos, diciéndoles que ya les pagarían más adelante.

Los hermanos Alcrudo estaban en una lista de personas a juzgar y a condenar por sus ideas, que no por sus acciones. Por ello, en septiembre de 1936, un grupo de hombres armados se presentó en casa de la familia Alcrudo y detuvo a los dos hermanos, justamente el día en que el padre de nuestro librero cumplía 50 años. Un tribunal sumarísimo les condenó a muerte. José Alcrudo perdió a su padre, con una hermana de once años, y sin otra fuente de ingresos para la familia. Tuvo que buscarse un trabajo y primero trabajó en una fábrica, después en el Balneario de Panticosa (Huesca) y luego en el Gran Hotel de Zaragoza. Allí conoció a personas interesantes, que pasaban por el mejor hotel de Zaragoza, durante los últimos tiempos de las dos guerras, civil y mundial. En el Gran Hotel se enamoró de una compañera de trabajo – Carmen Sánchez Prieto – con la que se casó y con la que compartió vida y trabajos, pues Carmen se convertiría en una excelente librera.

A finales del año 1943, José Alcrudo supo que el kiosko del Paseo de la Independencia de Zaragoza – situado enfrente del edificio de Correos - había quedado vacante. Solicitó la concesión de su gestión, ya que le gustaban los libros desde que su padre – lector voraz, pero selecto – le hubiera inculcado su pasión por los libros, afición poco extendida en la sociedad zaragozana de los años Veinte y Treinta. El gusto por la lectura en los médicos Alcrudo había abarcado un amplio abanico temático, desde las Bellas Artes - con interés especial por el Arte Contemporáneo - hasta la narrativa más rupturista que venía de autores extranjeros. Los trámites de concesión del  kiosko fueron lentos, quizás porque el apellido Alcrudo inspiraba desconfianza a los dirigentes locales de la cultura oficial del Régimen. A pesar de ello, se lo concedieron finalmente y Alcrudo comenzó su actividad en el kiosko durante la primavera del año 1945, si bien decidió desde el principio que no se limitaría a ofrecer lo habitual de los kioscos, pues incluiría los libros más diversos, sin ceñirse a las novelas del oeste y de amor, como sucedía en el resto de los kioskos zaragozanos.

Su amistad con el distribuidor e importador de libros Joaquín de Oteyza (Madrid) le permitió disponer de un buen número de libros, tanto de los “normales” como de los “especiales”, que ofrecía discretamente a los clientes en los que podía confiar. No olvidemos que la delación era en los primeros años del Franquismo una vía efectiva para demostrar la fidelidad al Régimen y escalar peldaños en la pirámide política. Por aquel kiosko pasaron muchas ediciones publicadas en México y en la Argentina, a veces con el sello de editoriales fundadas por los republicanos españoles.

En aquellos años de la posguerra, el panorama librero de Zaragoza se limitaba a la Librería General, fundada durante la guerra por el Archivero Don Luis Boya Saura y las librerías que habían sobrevivido a la contienda, como la Librería La Educación, la Librería Aragón, la Librería de Allué…etc.  Otras librerías habían tenido que cerrar – como la C.I.A.P. – pues su ideología y sus dirigentes no habían superado el examen de fidelidad a la Nueva España.

En ese páramo, una librería que ofreciera los libros escritos por Juan Ramón Jiménez, Ramón J. Sender (paisano y amigo del padre de Alcrudo), Federico García Lorca, Antonio Machado, Salvador de Madariaga, Francisco Ayala, Rafael Alberti…etc. tenía clientes seguros, aunque corría el riesgo de ser sancionada y de que su propietario acabase en la cárcel. El “kiosko del Paseo” no se limitó a ofrecer los libros prohibidos, ya que tenía muchos libros de la narrativa coetánea, tanto española como extranjera, además de libros de Arte y otras materias académicas.  Era, sin duda alguna, una librería con el aspecto exterior de un kiosko.

Ese kiosko se llamó “Pórtico” quizás por la proximidad de los porches del Paseo de la Independencia y porque sería como un pórtico de entrada hacia la Cultura escrita e impresa. Ese kiosko se convirtió en el único “oasis” donde poder encontrar muchos libros, hasta que en el año 1951 abriese su propia librería el hasta entonces encargado de la Sección de Humanidades en la Librería General, un dependiente ya veterano, Paco Pons (1909 – 1969).

En las biografías de José Alcrudo que se han publicado con motivo de su fallecimiento, se puede leer una pequeña imprecisión, cuando se refieren a “su exilio en América”. No hubo tal exilio, sino la inquietud de un joven librero, quien decidió irse a pasar una temporada en la República Dominicana – en tiempos del Dictador Trujillo – para favorecerse de los vientos de bonanza económica y hacer una exploración del mercado, de cara a trasladar a su familia, si la experiencia fuese favorable. Recordemos que Leónidas Trujillo era amigo de Francisco Franco y que su eficaz policía política hubiera entregado a la policía española a cualquier español que hubiera llegado a sus costas y que estuviese en condición de busca y captura por la Justicia Española.  Lo que sucedió es que llegaban a España noticias de que en aquel país caribeño había abundancia de dinero, por lo que Alcrudo se inventó un falso contrato de trabajo – con la ayuda de un amigo – para que le diesen el pasaporte de salida de España. Llegó a Santo Domingo y empezó a vender libros, teniendo un éxito notable, hasta el punto de que “allí podía vender en un día lo mismo que en un mes en Zaragoza” (textual).  El problema es que en España se había quedado su familia y además ese país era una Dictadura corrupta, por lo que Alcrudo decidió regresar a Zaragoza a los pocos meses, con los suyos. Durante su ausencia, su mujer había llevado el kiosko con eficacia, aumentando el número de sus clientes y de sus ventas.

Por el kiosko pasaban los intelectuales zaragozanos, así como los jóvenes poetas y los artistas. Junto al kiosko se improvisaban tertulias, que luego se desplazaron a los cafés situados en las proximidades. Por eso, en torno a su nombre se formó el grupo de jóvenes pintores, conocido como “Grupo Pictórico Pórtico”, en el que podemos citar de memoria al arquitecto y pintor Santiago Lagunas, a Fermín Aguayo, a Eloy Laguardia, a los que unirían posteriormente otros jóvenes artistas.

Igualmente, visitaban con frecuencia el kiosko unos jóvenes poetas, que decidieron crear su propia colección de libros de poesía, ante la imposibilidad de publicar sus poemarios. Me refiero a los poetas vanguardistas aragoneses, liderados por Miguel Labordeta, y de los que podemos recordar a Julio Antonio Gómez, a Ignacio Ciordia, a Miguel Luesma, a Emilio Alfaro…además de un hermano joven de Miguel Labordeta, nuestro querido José Antonio Labordeta.

Las adversidades volvieron a llamar a la puerta de los Alcrudo, cuando las autoridades municipales de Zaragoza decidieron remodelar el Paseo de la Independencia, quitando su estructura de bulevar. El kiosko fue derribado, para dar paso a los carriles centrales de tráfico, corriendo la misma suerte que los árboles del Paseo, una preciosa hilera doble de plátanos japoneses, que daban sombra en las calurosas tardes del verano zaragozano.  El librero Alcrudo no se arredró y tomó en alquiler un pequeño local en la cercana calle Costa. Lo decoró con un gusto exquisito, aunque sin lujos, quizás ayudado por sus amigos, los artistas del Grupo Pórtico.  Allí comenzó lo que algunos definen como la trayectoria librera de Pórtico, si bien otros creemos que el kiosko que le había precedido era una excelente librería, aunque no tuviera la estructura clásica de las librerías zaragozanas.

Pórtico consolidó aún más su actividad, al poder aumentar su fondo permanente de libros. Dejó de vender prensa y revistas, dedicándose a los libros de ensayo, la narrativa, el arte y comenzando su primera especialización, dentro de las materias académicas. Muchos profesores visitaban regularmente la “zona de las librerías”, que entonces estaban casi todas en las próximidades del “Paseo”, como siguió llamándose, aún después de la remodelación urbanística. Años después, abriría una segunda librería Pórtico, junto al primitivo edificio de Medicina y Ciencias, que luego se convertiría en el Paraninfo Universitario. Esta librería estuvo primero especializada en Medicina y materias afines, siendo años después dedicada a las Ciencias Sociales, cuando se iniciaron los estudios de Empresariales en el grupo de edificios destinados con anterioridad a los estudios de Medicina, que se habían trasladado al Campus Universitario de San Francisco y sus aledaños.

La incorporación a la empresa de sus dos hijos, así como el incremento de su actividad en universidades de otras tierras, dentro y fuera de España, animó a los Alcrudo al traslado a un local de mayores dimensiones, situado en la Plaza de San Francisco, cerca de la entrada principal al Campus Universitario del mismo nombre. Ese traslado coincidió con la instalación en esa nueva zona de otras librerías zaragozanas, hasta el punto de que casi todas las librerías “académicas” dejaron el centro de la ciudad.

Pórtico ya se había convertido en la que algunos creemos es la mejor librería de Europa en los campos académicos de la Prehistoria, la Arqueología y las Ciencias Auxiliares de la Historia, si bien ésta es una opinión personal y asumo el riesgo de la afirmación.  En la Plaza de San Francisco permanecieron varios años, hasta que se trasladaron a un nuevo local – el que actualmente ocupan – también en las proximidades del Campus, pero con unas dimensiones muy superiores. Recordemos que Pórtico es una librería “de fondo”, en cuyo interior es posible encontrar unos cuantos miles de libros diferentes, de forma continuada.  Su oferta no está basada en la gestión de los pedidos de bibliografía especializada – que también hacen – sino en la oferta de los libros disponibles en sus estantes, que pueden ser servidos de inmediato.

Son los libreros Alcrudo de la segunda generación quienes llevan la dirección de la librería, pues José Alcrudo tuvo claro el momento en el que “uno debe dar un paso atrás” y dejar el puesto a quienes continúan la tarea, con nuevas tecnologías y con nuevas ideas, dentro de un diseño común de librería académica y especializada.  Precisamente, cuando redujo su responsabilidad en la librería, recibió varias merecidas distinciones, concedidas por las instituciones aragonesas. Todas las recibió con alegría y gratitud, si bien estoy convencido de que hubo una de ellas que le tocó el corazón de forma especial. Me refiero al primero de los Premios a la Trayectoria Profesional en el Sector del Libro en Aragón, concedido en el año 2006 por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón.  Cuando se convocó ese Premio, las asociaciones de Librerías, de Distribuidores, de Editores, de Escritores decidieron por unanimidad proponer a José Alcrudo Quintana, como único candidato a ese Premio. A esa iniciativa se sumaron a título personal muchos profesores, bibliotecarios, archiveros y otras personas del mundo del libro y de la cultura.  El día de la entrega del Premio nos encontramos con un “veterano” de 88 años, pletórico y lleno de ilusión, que pronunció unas palabras de gratitud, perfumadas con su finísimo sentido del humor y de la ironía dulce.

Me gustaría citar otra faceta de Alcrudo, dentro del mundo del libro. Su faceta como editor, que vio su primer trabajo en la década de los años Cuarenta, al editar el “Homenaje a Goya”, dirigido por el profesor y escritor, Don Ildefonso-Manuel Gil..  Luego de esta primicia, verían la luz un buen número de cuidadas ediciones, de las que me atrevo a destacar la magnífica edición facsímile del Incunable impreso por Aldo Manuzio (El Viejo) en Venecia, titulado El Sueño de Polifilo, escrito por Francesco Colonna, aunque en un principio su autor decidiera permanecer en el anonimato, por lo atrevido de su texto y por lo explícito de los grabados en madera que lo acompañan.

No quiero omitir otra faceta de Alcrudo, cuando decidió que había que superar un contratiempo, para lograr un servicio rápido. Me refiero al hecho de que la mayoría de las editoriales y distribuidoras se encontraban por entonces repartidas entre las ciudades de Madrid y de Barcelona. Había que esperar un mínimo de una semana, desde la fecha de gestión del pedido y se producían unos gastos de pedido y de envío, por cada una de las obras solicitadas. En los años Sesenta, Alcrudo decidió superar esa adversidad y se puso a crear en Zaragoza una distribuidora, que pudiera trabajar en dos modalidades. En unos casos como mayorista y en otros como delegación de las propias editoriales, a las que remitía los albaranes de los libros entregados a las librerías, para una facturación recopilativa mensual. Así nació D.E.R.Z.A. cuyo desglose era – si lo recuerdo bien – Delegaciones Editoriales Reunidas de Zaragoza. Disponía de un gran local enfrente del Parque de Pignatelli y se puso al frente de la nueva empresa su esposa, la librera Carmen Sánchez, quien dio un gran impulso a la empresa, logrando servicios rápidos y un ahorro considerable de los gastos de gestión de los pedidos para las librerías, sin que se vieran mermadas sus condiciones comerciales. Si mi memoria no falla, D.E.R.Z.A. llegó a distribuir y representar más de setenta editoriales españolas de primera fila.

Permitan que regrese a la faceta librera de José Alcrudo, para referirme a dos hechos concretos, sobre los que apenas se conocen datos y que me atrevo a comentar porque fui un testigo presente en ambos. Por un lado, la sorpresa que produjo en el entorno de los grupos contrarios al Franquismo cuando Alcrudo fue elegido por los libreros zaragozanos como Presidente de la Agrupación del Comercio del Libro, dentro de los Sindicatos Verticales, en los últimos años de la década de los Sesenta y principios de los Setenta. ¿Cómo iba a ser Alcrudo una persona connivente con el Régimen? Pues no lo fue, porque su Vice-Presidente era entonces un joven librero que ahora escribe estas líneas. Tampoco yo me encontraba satisfecho en participar en aquellas sesiones, en las que sabíamos que el Secretario era un falangista que tomaba notas y redactaba las actas de las reuniones, aunque luego hacía un informe detallado a la policía, con detalles de lo que habíamos dicho y con el añadido de sus propias opiniones acerca de las ideas y filiaciones de cada uno de los asistentes. La razón de que aceptásemos formar parte de esa única candidatura el veterano librero Alcrudo y el joven Pons fue la certeza del maestro de que había que estar “en la cocina”, para controlar en lo posible lo que en ella se cocinase. Además, me dijo Alcrudo, “hemos de estar en el esquema organizativo gremial, para apagar la luz y fundar una asociación democrática, cuando Franco muera y este castillo de naipes se caiga por si mismo”. Recuerdo de forma casi textual el argumento que me dio Alcrudo y que me convenció plenamente a participar en aquella farsa de organización empresarial controlada y dirigida por el poder político. Lo hicimos lo mejor que supimos y en el año 1976 “apagamos la luz” y comenzamos a colaborar en el nacimiento de la Asociación de Librerías de Zaragoza, dentro de la Federación de Empresarios del Comercio de nuestra ciudad y vinculados a la recién nacida Confederación de Gremios y Asociaciones de Librerías de España.

Otra cosa sobre la que en su momento se habló mucho, pero casi todo sin fundamento, fue la creación y la existencia del GRUPO 7 de Libreros de Zaragoza. La idea se nos ocurrió a Alcrudo y a su “monaguillo”, cuando en los primeros años de los Setenta, decidimos reunirnos un día al mes con otros colegas, libreros cualificados, para comer y charlar sobre libros. Los integrantes de ese grupo éramos – por orden alfabético – José Alcrudo Quintana, Víctor Bailo Solanas (Librería “Libros”), Carmen Cebamanos (Librería “Gacela”), José Fernández Mediano (Librería “Lepanto”), Luis Marquina y Marín (Librería “Hesperia”), José Muñío Pomed (Librería “París”), Juan Francisco Pons León (Librería “Pons”). Cada mes nos encontrábamos y comíamos en el restaurante “Mefisto”, situado en la calle del mismo nombre. La sobremesa se podía prolongar varias horas, pues ese día no nos sentíamos obligados a regresar puntualmente a nuestras respectivas librerías. Nuestros encuentros dieron pábulo a murmuraciones, como que estábamos formando una célula de no se qué, o que éramos el inicio de una Logia de la Masonería…o alguna otra tontería. Lo cierto es que algunas veces nos advertía el hostelero que en una mesa cercana a la nuestra “se encontraba un funcionario del Cuerpo Superior de Policía, que estaba muy pendiente de nuestras conversaciones”. En el momento de redactar estas líneas solamente pervivimos dos personas  de aquellos integrantes del  “Grupo 7”. Me refiero a Luis Marquina y a Paco Pons.

La última vez que estuve con Alcrudo fue en una cena que hicimos mano a mano en la Plaza de San Francisco, precisamente en el local que antes fue su librería, ocupado ahora por una cervecería. A sus 90 años, conservaba una cabeza excepcional y un sentido del humor envidiable. Solamente se puso serio en dos momentos; uno de ellos cuando me atreví a comentarle que se había publicado un libro sobre los documentos del Archivo General de la Guerra Civil (Burgos), y que en sus páginas citaba el proceso contra los Hermanos Alcrudo de Zaragoza, con detalles de la persona denunciante, un importante “prócer” del mundo de la Comunicación en Zaragoza. Alcrudo me agradeció la información y me dijo que siempre había sabido quien había delatado a su padre, pero que decidió no guardar rencor, “pues el odio y el rencor son un derroche de energías, que no me sobran”. De hecho, el delator fue un cliente asiduo de la librería Pórtico, quizás porque tenía mala conciencia…La otra vez que se puso serio fue cuando estuvimos recordando a colegas del pasado y me comentó que “la vejez es una m….., porque te vas quedando sin muchas personas queridas”.

Estaré siempre en deuda con José Alcrudo, por las muchas ocasiones en las que le comentaba alguna de mis dudas e inquietudes y siempre me daba su opinión, que no consejo.  Sirvan estas líneas de testimonio público de gratitud, escritas por un colega que también fue su amigo y por lo mucho que ha hecho a lo largo de su larga y fecunda vida librera, a favor del libro y de las librerías.

Juan Francisco Pons León

(Presidente de la Asociación de Librerías de Zaragoza)

 
 
   
 
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