Las revistas literarias de la vanguardia aragonesa
 

 

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      Las publicaciones periódicas que, en Madrid o lejos de la capital, acompañaron el recorrido de la mejor literatura española de los años veinte y treinta recogieron con cierta asiduidad la firma de autores aragoneses: textos narrativos o reflexivos de Benjamín Jarnés o de Ramón J. Sender, prosas vanguardistas de Luis Buñuel, versos de Tomás Seral y Casas o de un joven Ildefonso Manuel Gil, entre otros, fueron apareciendo en las páginas de las revistas surgidas en el período de vanguardia (o de la joven o nueva literatura). Los nombres de las principales publicaciones están en la mente de todos: Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, Carmen, Litoral, Verso y Prosa...; junto a estas empresas editoriales señeras, decenas de revistas diversas, de mayor o menor entidad, surgieron en toda España a lo largo de unos años, entre 1918 y 1936, que (diremos simplificando mucho una etapa de periodización complicada) vieron surgir y desarrollarse el movimiento ultraísta, el auge de la pureza en la escritura y el progresivo proceso de rehumanización y de compromiso con el que finalizaron los años veinte y comenzó la siguiente década.

      De fascinante ha sido calificado este riquísimo panorama de publicaciones; en efecto, es difícil que el lector no se sienta atraído por la vitalidad del momento, por la altísima calidad de muchos de los textos, por las reproducciones de obras pertenecientes a una etapa excepcional en pintura o fotografía, o por los retazos de la vida cotidiana que se deslizan en las crónicas y en los anuncios publicitarios contenidos en las revistas de aquellos años.

       ¿Cuál fue la contribución aragonesa al listado de publicaciones literarias que resulta necesario conocer para establecer con justeza las coordenadas culturales de estas décadas? Según un manual reciente (el Diccionario general de las revistas literarias españolas del siglo XX, de F. Gálvez), ninguna: al parecer, salvo la modernista Azul (1907-1908), nada reseñable se hizo en Aragón durante los primeros cincuenta años del siglo pasado. Sabemos, sin embargo, que esto no es cierto: J.-C. Mainer, J. L. Calvo Carilla, J. E. Serrano Asenjo o J. Domínguez Lasierra han estudiado diversos aspectos de la producción hemerográfica aragonesa surgida entre el comienzo del siglo y la Guerra Civil, y nos han dado a conocer distintas aventuras editoriales más o menos vinculadas a lo cultural y literario: ciñéndonos solo a los años veinte y treinta, podemos hallar desde páginas que prolongaban un modernismo rezagado (Athenaeum o Pluma Aragonesa), hasta publicaciones de intereses más diversos y excelente presentación gráfica (Aragón, Amanecer), boletines encargados de difundir las actividades de un círculo cultural (Agrupación Artística), empresas de contenido fundamentalmente religioso (El Pilar, con curiosos textos del primer Jarnés) o revistas vinculadas a la investigación en letras y en ciencias (Universidad). La vanguardia literaria y plástica se adentra en diverso grado en algunas de estas páginas, bien para causar, en un primer momento, perplejidad y enfado en los redactores (pienso en algunos textos de Athenaeum en 1921), bien como presencia que no puede negarse si la publicación muestra cierta curiosidad por la actualidad artística aragonesa (así, algún artículo de Tomás Seral en los números de Amanecer de 1932, donde, entre las fotos de actualidad habituales en esta revista, se nos presenta el trabajo de artistas como el pintor Javier Ciria).

       En un ambiente dominado de modo claro por un tardío modernismo y por lo casticista (es decir, lo baturro), solo dos publicaciones van a asumir de modo pleno la práctica del arte joven en Aragón: son Cierzo y Noreste. Ambas cuentan con ficha propia en el imprescindible Diccionario de las vanguardias en España, de Juan Manuel Bonet. Detrás de la creación de estas revistas encontramos a un mismo autor: Tomás Seral y Casas (1909-1975), el vanguardista más importante del ámbito zaragozano. Precoz escritor y participante en publicaciones periódicas, muy interesado por el cine y las artes plásticas, Seral se mostró siempre molesto ante la mediocridad y el conservadurismo de la escena cultural aragonesa, y no cesó en su empeño de agitarla y hacerla avanzar (así, formó parte del equipo que impulsó la creación del primer cineclub zaragozano, lograda en marzo de 1930). Entre su producción anterior a la Guerra Civil destacan tres poemarios de corte surrealista (Mascando gomas de estrellas, Poemas del amor violento y Cadera del insomnio) y unas Chilindrinas entroncadas inequívocamente con las greguerías de Ramón Gómez de la Serna.

       Seral fue el redactor-jefe de Cierzo, “periódico quincenal” que, bajo la dirección de otro joven escritor, Valero Muñoz Ayarza, publicó la primera de sus entregas el 13 de abril de 1930 y la cuarta (y última) el 5 de junio del mismo año. Sus intereses, según su cabecera, abarcaron los campos de las “Letras – Arte – Política”; si bien es cierto que no faltaron contenidos literarios y artísticos, cuantitativamente dominó lo político. Este derrotero podía intuirse con la lectura de “Despertar”, el texto anónimo que abre el primer número: un fuerte deseo de renovación de “la vida política y literaria en precario” de Aragón, desde planteamientos de izquierda (“Liberalismo. Democracia. Colectivismo. República”), era el principal motor de “la inédita mocedad aragonesa de 1930” que animaba esta empresa.  

      Críticas a la facción conservadora, noticias sobre partidos y agrupaciones de izquierdas, actividades de la más inquieta juventud universitaria, comentarios y tomas de postura ante el momento político y social o ante las posibilidades de actuación... son asuntos que van apareciendo en las páginas más volcadas en lo ideológico. En lo referido a las cuestiones artísticas, Cierzo concede una atención preferente al cine: junto a la crítica de algunas películas y las noticias sobre los primeros pasos del ya citado cineclub local (con interesantes reflexiones acerca de la exhibición de “Un perro andaluz” ), encontramos un artículo de Seral y Casas, con título jarnesiano (“Locura y muerte del cine sonoro”), donde el joven poeta se muestra contrario a la aparición del sonido junto a la imagen en movimiento: es “una regresión lamentable”, innecesaria al haber alcanzado ya el cinematógrafo mudo una etapa de “sublimación”. Si nos detenemos en las artes plásticas, Ramón Acín va a convertirse en la principal referencia: a lo largo de los diversos números se reproducen algunas de sus obras y se le concede voz para que anuncie su exposición en el Rincón de Goya, que es comentada también por Eloy Yanguas (y ardientemente defendida de algunos críticos locales por un articulista anónimo). Otros artistas, como el pintor canario Manuel Corrales, el zaragozano R. Martín Durbán, el dibujante “Rodio” o los integrantes del segundo Salón de Humoristas Aragoneses, encuentran también eco, mediante reproducciones de obras, entrevistas o críticas, en estas páginas.

       La presencia de lo literario, aparte algún texto ensayístico o distintas reseñas (una de ellas, sobre el heterogéneo libro Sensualidad y Futurismo del propio Seral), se debe a unos cuantos textos de creación: versos de José Luis Galbe, Ovidio Gondi, A. Guallar y “Tristán Klingsor”, junto con un monólogo de Julio Bravo y una prosa lírica de José A. Hernández. Es imprescindible destacar cómo el interés por el cine se encuentra presente, de nuevo, en varios de los textos: así, en una prosa de Yanguas sobre Greta Garbo, o en unos versos de Seral (“Bebé Daniels ha sido un minuto comandante”), o en un poema en prosa de Carmen Conde, “Oda al Gato Félix”, tributario de la cara más juguetona de la vanguardia.

      Cortada al cabo de unas pocas semanas de vida, faltó recorrido para que el afán renovador de Cierzo pudiera desarrollar en mayor medida sus posibilidades. Sus páginas supusieron, como indica Serrano Asenjo en el prólogo a su edición facsimilar (1995: s.p.), “nada menos que un intento de educar a los descontentos aragoneses, de «hacerlos pueblo» solidario y militante”, pero su problema “radicó en que, al intentar dar cohesión a las aspiraciones republicanas regionales, se juntaron en su seno personajes y opiniones demasiado dispares”.

     Noreste, la siguiente empresa de Seral en su esperanza de impulsar la vida cultural zaragozana (con Ildefonso Manuel Gil y el turolense Antonio Cano compartiendo la dirección de los dos primeros números, y con el bilbilitano Raimundo Gaspar, y quizá Alfonso Buñuel, en posteriores momentos de la revista), centró en mucha mayor medida sus intereses en lo literario, y pudo conocer un desarrollo más amplio en lo cronológico y más conseguido en sus resultados. Desde el otoño de 1932 hasta la primavera de 1936 (es imposible leer sin tristeza el anuncio de una “próxima salida [...] que aparecerá a fines del verano”), los catorce números del Cartel Lírico del Noreste  otorgaron un lugar de cierta relevancia a Aragón dentro de la joven actividad literaria del momento.

      En la revista, la facción aragonesa aparece representada desde el recuerdo, nada infrecuente en la vanguardia española, a los nombres del pasado (los hermanos Argensola o Pedro Manuel Ximénez de Urrea, de los que se ofrecen versos en los primeros números), hasta la participación de los literatos conocidos ya en Madrid (Jarnés, Sender; y Bravo y Bel), pasando por Seral, Gil, Gaspar y Cano, además de “Maruja Falena”, José Luis Galbe, A. Guallar y Avelino Sevilla, algunos de ellos ya presentes en Cierzo.

      No debe olvidarse, sin embargo, la marcada abertura de Noreste hacia los jóvenes literatos de otras regiones españolas, habitualmente a través de la sección “Itinerarios poéticos”, o bien mediante el repaso al contenido de las “revistas hermanas”; era práctica habitual en las publicaciones del momento, que intercambiaban sus números y también muy a menudo sus colaboradores. De este modo, Levante con Rafael Duyos, Juan Gil-Albert, Juan Lacomba, Ramón Mas, Andrés Ochando (manchego pero residente en Valencia) y el comprometido Pascual Pla y Beltrán; el núcleo de Cartagena con el matrimonio Conde-Oliver Belmás y María Cegarra; Andalucía con Antonio Aparicio, Rogelio Buendía, Rafael Laffón, Mª Luisa Muñoz, Pedro Pérez Clotet, Juan Ruiz Peña, L.P. Sanguinetti y Rafael de Urbano; Castilla con José Mª Luelmo, Leopoldo Panero y Francisco Pino; Navarra con Joaquín Arbeloa, José Berruezo y Alfonso Rodríguez Aldave; Canarias con Ramón Feria y Emeterio Gutiérrez Albelo... además de otros autores madrileños o vinculados en ese momento a la capital (Julio Angulo, Enrique Azcoaga, el leonés Ricardo Gullón, Vicente Salas Viu, Antonio Sánchez Barbudo o la malagueña María Zambrano) aportarán versos y prosas a estas páginas.

      Dos números llaman poderosamente la atención del lector: por un lado, la décima entrega (primavera de 1935), homenaje a las “heroínas españolas modernas” consagradas a las artes y la poesía, que reúne textos de más de una docena de autoras (desde la uruguaya Juana de Ibarbourou hasta Elena Fortún –la creadora de Celia–, pasando por algunos nombres representativos del momento: Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcin o de nuevo Carmen Conde), así como reproducciones de la obra gráfica de varias artistas, entre las que destacan Norah Borges y la siempre interesante Ángeles Santos. Por otra parte, el número undécimo (verano de 1935) se beneficia de la entrada de Alfonso Buñuel, bien relacionado en Madrid a través de su hermano, en las tareas de dirección (o de apoyo a la dirección), y estalla en colaboraciones de calidad: sus páginas nos sorprenden, entre un dibujo de Moreno Villa o la reproducción de un óleo del surrealista Tanguy, con las firmas de Aleixandre (“Destino del hombre”), Altolaguirre, Lorca (“Paisaje de la multitud que vomita”, de Poeta en Nueva York), Neruda (dos composiciones de Residencia en la Tierra), el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, Concha Méndez... Uno de los poemas más hermosos que se escribieron durante aquellos años en España se refugia en esta entrega: son los versos de Cernuda que aparecen sencillamente rotulados como “Poema”: “No es el amor quien muere / Sino nosotros mismos. // Inocencia prístina / Abolida en deseo / Olvido de sí mismo en otro olvido / Ramas entrelazadas / ¿Por qué vivir si desaparecéis un día?”.

      Es imposible recoger aquí de manera más detallada las decenas de textos (poesía principalmente, ensayo, prosa lírica, en escasas ocasiones narrativa) y de reproducciones gráficas, de noticias sobre actualidad cultural y de reseñas (casi siempre benevolentes) que aparecieron a lo largo de los cuatro años de Noreste. Desde su afán inicial de pureza (“No queremos hacer literatura, estamos con la poesía”), sostenido con diversas manifestaciones, ausencias y elecciones (en la primavera de 1935 aún critican, por igual, la politización de Pemán y de Alberti), hasta el cambio de rumbo que va perfilándose en los últimos números (en la entrega decimotercera se lee: “tenemos el proyecto de imprimir a la revista una más concreta [...] orientación, de acuerdo con los últimos acontecimientos estéticos y sociales”), asistimos a una trayectoria compleja y a veces contradictoria, en la que dominan la poesía pura y la neorromántica, pero en la que no faltan otros horizontes (como el surrealismo) y otras inquietudes, imposibles de soslayar en la convulsa España de los años treinta. Es indudable que, cuando la guerra cortó su trayectoria, Noreste se había consolidado en el panorama nacional (de gran calidad –si bien no tan extraordinarios como la undécima entrega– son los tres últimos números de la revista ), afianzaba la presencia de firmas internacionales (hispanoamericanas, rusas, belga y rumana en algún caso) e iniciaba un nuevo camino que no pudo llegar a desarrollarse.

      Concluiremos recordando uno de los aspectos más atractivos de la revista: su papel promotor (o difusor) en relación con diversas actividades culturales en la Zaragoza de los treinta, “para estimular el hoy decaído y ñoño ambiente espiritual de nuestra tierra” (leemos en el sexto número). Así, además de mantener una tertulia y de crear la editorial Cierzo, Noreste dedicó homenajes a los éxitos literarios o académicos de Ildefonso Manuel Gil, Raimundo Gaspar y José Manuel Blecua; y, en paralelo con el citado número décimo de la publicación, organizó una exposición de libros y pintura de las “heroínas españolas”.

      A Ildefonso Manuel Gil, el compañero de Seral en los inicios de Noreste, debemos otra publicación que, sin ser plenamente aragonesa, guardó marcados vínculos con esta tierra: Literatura, con seis entregas aparecidas en 1934, dirigidas por Gil y por Ricardo Gullón. La revista estableció a partir del mes de junio (es decir, en los números penúltimo y último –este, doble–) su “domicilio” en Daroca, donde Gil volvió tras residir en Madrid. El listado de colaboradores en verso y prosa de Literatura, publicación que obtuvo cotas de calidad más que estimables, coincide a menudo con Noreste (que saludó la aparición de su primer número); sin que podamos detenernos ahora en su enumeración, baste recordar (aparte los directores y su admirado Jarnés) los nombres de Sender o Seral, en el campo aragonés, y de Azcoaga, Laffón, Ochando, Leopoldo Panero, Pérez Clotet, Sánchez Barbudo, Zambrano..., o de los consagrados Aleixadre, Diego y Guillén, además de colaboraciones internacionales. Literatura sostuvo una serie de libros anexa, la PEN Colección, con obras de autores muy destacados, españoles e hispanoamericanos; entre los aragoneses, Jarnés (con San Alejo) e Ildefonso Manuel Gil (con La voz cálida).

      De las tres publicaciones (Cierzo, Noreste, Literatura) ha publicado edición facsimilar, en cuidados estuches y con clarificadores estudios introductorios, el Gobierno de Aragón; Noreste conoció previamente otra reproducción que dejó olvidados algún número y alguna página . Nuestra comunidad se sumó así al movimiento general de recuperación mediante facsímiles de las revistas publicadas por la joven literatura española, anteriormente sólo disponibles en hemerotecas o en colecciones particulares; este interés corrió paralelo al auge de los estudios sobre la vanguardia en nuestro país, territorio mal conocido hasta hace poco tiempo y hoy fecundo campo de investigaciones. La creación de hemerotecas digitales, como la que empieza ya a ofrecernos en Internet la Biblioteca Nacional de Madrid, acercará aún más a los lectores estas hojas, que constituyen una de las mejores vías de acceso a la riqueza de un período extraordinario en las letras y en las artes.

 
Facsímiles

Cierzo. Letras – artes – política. Edición facsímil. 1930, ed. J. E. Serrano Asenjo, Zaragoza, Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Aragón, 1995.
Literatura. Edición facsímil. 1934, ed. I. M. Gil, Zaragoza, Departamento de Cultura y Educación de la Diputación General de Aragón, 1993.
Noreste (1932-1935), Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza – Torre Nueva, 1981.
Noreste. Edición facsímil. 1932-1936, ed. J. M. Bonet, I. M. Gil y J. E. Serrano Asenjo, Zaragoza, Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Aragón, 1995.

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Marta Marina Bedia
 
   
 
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