Ramón Gil Novales. Discurso de recepción del Premio de las Letras Aragonesas 2008
 

 

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      Sr. Delegado del Gobierno
      Sra. Consejera
      Sr. Director General y demás autoridades
      Señoras y señores:


      Agradezco las palabras del Director General

      Quiero asimismo manifestar mi reconocimiento a quienes propusieron mi nombre para el Premio de las Letras Aragonesas 2008, al jurado que lo otorgó y a la Administración que facilita este acto.

      Por otra parte, me apresuro a dedicar un merecido recuerdo a la memoria de la escritora Ana María Navales, que obtuvo este premio en 2001, y cuya reciente pérdida lamentamos.

      Y como estamos aquí reunidos y se me invita a decir algunas cosas, intentaré que sean concisas, o sea breves para no turbar la compostura de ustedes, y a ser posible que tengan esa mínima entidad que las declare vivas y no obligadas.

      A raíz de la concesión del premio he releído fragmentos de alguna obra mía, y por uno de esos misterios del paso del tiempo he vuelto al instante en que junté una frase, llené una línea o atisbe una imagen. Se me ocurrió que tal vez narrar fuera simplemente eso: discurrir por una vía que traslada ciertas vivencias a un lector desconocido. La palabra como única vía, cuyo remate final,  la frase, cerrara el ciclo. ¿Es eso todo? Queda una figura todopoderosa, malcarada, enemiga ancestral del que escribe, siempre con el palo en alto, dispuesta a desbaratar cualquier iniciativa: la sintaxis. Sin su anuencia, sin su permiso, las frases enmudecen y los párrafos se hacen humo. Gajes de un oficio que no se deja vencer fácilmente, que exige repeticiones y constancia, búsqueda de altos ejemplos que se ganan poco a poco con la lectura. Aunar significados, hacer llegar lo que se quiere decir, es lo más costoso del aprendizaje y se convierte en amenaza permanente en el oficio.  Superados estos obstáculos, me entrego como lector a mayores solemnidades. El idioma – todo idioma – tiene un  peculiar ritmo, un rumor que corre subterráneo, sustanciado y acrecido con los años, ajeno al acento, que se deja oír, pero que resulta de difícil entonación cuando se desea imitar. Sólo unos pocos, que acompasan su estilo a la sonoridad del idioma y descubren matices y sutilizas, nos abren nuevos caminos. Pero la maestría es rara y lo que abunda es el gato por liebre. Ya dijo nuestro Baltasar Gracián que las palabras tienen más o menos fondo, según las materias, y que por no calarlas se ahogaron muchos. No quisiera que me pasase lo mismo y, para evitarlo, me adentraré en lo concreto. Me asomé tarde al mundillo del teatro –ya en mi treintena–, en uno de los peores momentos de su negro período. A la ignorancia del novato había que añadir los peligrosos coscorrones de una censura de la que nunca cabía prever la intensidad del sopapo. Todo era improvisado, pobretón, aunque con un afán de apostolado que a veces era más ingenuo que eficaz. Llegaba yo con un escondido aprendizaje: obras y más obras terminadas o a medio hacer, reflejo de preclaros espejos, desde Benavente hasta Shakespeare, ¡nada menos!, y todas camino del desguace a partir de la lectura de mi hermano, que acertaba siempre en su juicio negativo. Vuelta a empezar, castigo al que me forzaba con la esperanza de encontrar salida algún día. Así, largo tiempo. El teatro me proporcionó satisfacciones y también decepciones, porque la obra no salía a mi gusto, porque directores y actores, salvo excepciones, no daban la talla, porque cada vez fue más difícil encontrar sala donde aprender en los ensayos y fijar fecha para el estreno. Por varias razones y por diversas censuras, que no ha habido una sola. En general, tuve una recepción buena, incluso notable en algún momento. Hubo un caso que recuerdo de manera especial; después de un estreno se coló en el camerino un personaje desconocido que soportó el trasiego de gente, apartado y silencioso, y terminó por confesar al cabo de largo tiempo que sólo había entrado para decir que a él no le había gustado la obra.

      De mi breve paso por televisión guardo la imagen de una magnífica realizadora al frente de tres interpretaciones  de excepción.

      En cuanto a la traducción, diré que le debo magros ingresos –sigue estando mal pagada–, así como un suprema lección. Trocear un idioma y ahormarlo en otro es trabajo arduo, semejante al ejercicio de barras de un bailarín y, aunque agotador, fructífero. Las clases salen caras, pero decisivas para un aspirante a escritor.

      Otro tema que quisiera señalar es el de la guerra civil, que marcó la infancia de mi generación, y que apareció en la actividad creativa ya de forma subterránea, como emboscado, en una fase primera –la más castigada–, ya en plena expansión en un tiempo de libertad. Casi todos los testigos, por no decir todos, hemos dejado huella de nuestra experiencia en aquella tragedia. Novela, teatro, ensayo, relatos y cine se han abastecido de un hecho humanamente repulsivo, pero que en su excepcionalidad llevaba en sí un enorme potencial de posibilidades artísticas. Contribuí a esa general llamada con una novela y una pieza de teatro.

      No sé cual hubiera sido el rumbo de mi narrativa de haber permanecido en Huesca, donde había disfrutado de una infancia feliz a pesar de la guerra – escapé en los años cincuenta del sopor de unas consignas y del adocenado discurso, ni más ni menos que en el resto de España, solo que adensada la opresión en una comunidad pequeña, pero dudo de que la influencia de mi ciudad hubiera tenido un eco más determinante del que ha tenido. Oncilia y Barasona, a modo de ejemplo, son nombres ficticios de un marco familiar que me ha servido matices de paisaje, entrañas de argumento, bocetos de personajes dispares, ambientados en otros horizontes. En resumen, me llevé a cuestas mi tierra, lo más mío, y lo convertí en gozne donde ha girado la mayor parte de mi imaginativa. Aragón sigue recio, aun con sus pretéritos desgarros, tal como esa herida de la emigración que tanto me dolió novelarla.

      Y por último, he de hablar, quiero hablar, del Premio de las Letras Aragonesas. Aparte de la natural satisfacción por obtenerlo, me ha quedado un poso de sosiego, porque ahora tengo la certeza de que el tiempo no ha corrido en vano, que mi esfuerzo ha dejado unas migajas apreciables, y que tal vez, a lo mejor, algún día sirve de acicate a quien con idéntica vocación supere el crédito de este montón de líneas. Muchas gracias.

 
Ramón Gil Novales
 
   
 
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