En el Centenario de Inocencio Ruiz. Una bibliografía
 

 

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Cuando murió en julio de 2003 Inocencio Ruiz era el decano de los libreros de viejo españoles. Tenía noventa y cinco años y había dedicado cincuenta y cuatro de ellos -desde 1941 hasta 1995- a vender libros en el Tubo zaragozano. Fui cliente y amigo suyo durante muchos años y tengo de él, como les sucede a todos cuantos le quisieron y trataron, un recuerdo imborrable. Hombre de acusada personalidad y recio carácter, a nadie dejaba indiferente: fue siempre amable y educado, pero nunca servil o zalamero. Quiso entrañablemente a su familia, fue leal amigo de sus amigos y se mostró siempre intolerante con los necios y los soberbios. Apenas le interesó ganar dinero más allá del necesario para vivir con decoro, no ambicionó distinciones ni reconocimientos, aunque supo recibir éstos con emoción y agradecimiento cuando le llegaron, y fue un hombre sencillo y austero que decidió ver pasar la vida despacio desde su librería de la calle Cuatro de Agosto, rodeado de libros y del afecto de sus amigos.

Pero cualquier semblanza de Inocencio Ruiz quedaría incompleta si no hiciéramos referencia a su enorme vocación divulgadora e investigadora. Este rasgo de su personalidad, el hecho de haber dedicado buena parte de su vida a la inves¬tigación bibliográfica, es el que le diferenció de todos sus demás colegas –sólo Antonio Palau, el autor del célebre Manual del Librero Hispano-Americano, que fue su modelo, podría compartir podio con él- y el que hizo de Inocencio un librero singular y casi irrepetible.

Su primer libro, Joaquín Ibarra y Marín (1725-1785), se publicó en 1968 y es hoy ya una pieza cotizadísima en el mercado del libro viejo, pues se imprimieron únicamente quinientos cincuenta ejemplares numerados y firmados y es difícil encontrar ejemplares en comercio. En él, después de hacer un breve recorrido por lo que fue la imprenta en Zaragoza hasta el siglo XVIII y tras dedi¬car sendos capí¬tulos a la Universidad de Cervera y a la vida y obra del impresor zaragozano, presenta una rela¬ción de las obras estampadas por Ibarra desde 1753 a 1785, una bi¬bliografía de los libros impresos por sus herederos desde 1785 hasta 1834, y una enumeración de algunos libros salidos de las prensas del taller de Jerónimo Ortega en colaboración con los hijos de Ibarra entre 1788 y 1797. Rodríguez Moñino, que se entusiasmó con el libro, le comentó a Inocencio que con ese material podría haber publicado dos libros independientes, desglosando la parte dedicada a Za¬ragoza de la biografía y bibliografía de Ibarra. Ibarra, además de ser el impresor en 1780 de la afamada edicion del Quijote de la Academia en cuatro volúmunes (de la que el Gobierno de Aragón tuvo el acierto de hacer una edición facsímil en 2004), fue quien imprimió el que muchos consideran el mejor libro salido nunca de unas prensas españolas: La conjuración de Catilina y la guerra de Jugurta, de Cayo Salustio Crispo (1772).

Seis años más tarde, en 1974, con motivo de cumplirse el quinto centenario de la introducción de la imprenta en Valencia, publicó Don Benito Monfort y su oficina tipográfica (1757-1852), también con una tirada de quinientos cincuenta ejemplares numerados y significativamente dedicado a su amigo, el gran librero y bibliógrafo catalán, Antonio Palau y Dulcet. En él se recogen mil ciento setenta y ocho libros salidos de las prensas del impresor valenciano, el más importante del siglo XVIII en España junto con Ibarra y Sancha. Juan Perucho recordaba que quizá la gran obra de Monfort fue la Historia General de España del padre Juan de Mariana, que comenzó a publicarse en 1783 y que -aunque Monfort sólo llegó a ver un tomo publicado pues murió en marzo de 1785, a los sesenta y nueve años- ha pasado a la historia de la tipografía “como paradigma de belleza”.

Al año siguiente apareció su Historia de la Imprenta en Zaragoza con noticias de las de Barcelona, Valencia y Segovia, libro en el que estudia la producción de Mateo Flandro (impresor del Manipulus curatorum de Guido de Monte Rotherio –Zaragoza, 1475-, primer libro impreso en España con colofón completo), Pablo Hurus, Jorge Coci y la de la Imprenta en Zaragoza, especialmente durante los siglos XVII, XVIII y XIX, para esbozar después unos apuntes sobre las imprentas de las ciudades de Barcelona, Valencia y Segovia. El estudio que dedica a la Imprenta de la ciudad castellana está dedicado íntegramente al Sinodal de Aguilafuente, impreso por Juan Párix en Segovia en 1472 y que pasa por ser el primer libro impreso en España.

Su obra más importante, por la que los zaragozanos amantes de los libros lo recordarán siempre, se publicó en 1977. Se trata, claro está, de la Bibliografía zaragozana del siglo XIX, obra con la que Inocencio terminaba el camino iniciado por Juan Manuel Sánchez –que en 1908 publicó la Bibliografía zaragozana del siglo XV y en 1913-1914 los dos tomos de la Bibliografía aragonesa del siglo XVI- y continuado por el bibliotecario Manuel Jiménez Catalán, autor de los conocidos Ensayo de una tipografía zaragozana del siglo XVII (1925) y Ensayo de una tipografía zaragozana del siglo XVIII (1929), y conseguía que Zaragoza tuviera ya recogidos en cinco bibliografías todos sus libros impresos desde el siglo XV hasta el siglo XIX. En su prólogo Inocencio recuerda a los dos bibliógrafos que le precedieron en el estudio de la bibliografía zaragozana y en el libro se recogen dos mil seiscientas setenta y seis obras ordenadas por año de impresión y dentro del mismo por orden alfabético. Diez años más tarde completaría esta obra con un Apéndice de seiscientos treinta impresos más editado por la Diputación General de Aragón, libro en el que colaboraron aportando papeletas conocidos bibliófilos zaragozanos como Enrique Aubá, Javier Barreiro, Alfonso Fernández, José V. Lasierra Rigal o Vicente Martínez Tejero, y destacados investigadores como los bibliotecarios de la Biblioteca Nacional Juan Delgado Casado y Julián Martín Abad.

Tampoco pudo Inocencio Ruiz sustraerse a la tentación de escribir unas pequeñas memorias o recuerdos de su vida de librero, costumbre que han compartido algunos de los mejores libreros españoles, ya desde aquellas famosas Memorias de mis vicisitudes políticas desde 1820 a 1836 del aragonés Mariano Cabrerizo, publicadas en Valencia en 1854, hasta las de Dionisio Hidalgo, Pedro Vindel, Antonio Palau, Julián Barbazán, Emili Eroles o Francisco Vindel. Las tituló Mis recuerdos de librero (De ciudades. De amigos. De libros) y se publicaron en Zaragoza en 1968 (edición de quinientos ejemplares numerados a mano y firmados), imprimiéndose dos años más tarde una segunda edición, “revisada y aumentada con láminas”, en dos pequeños volúmenes impresos en papel especial, a dos tintas y también con una tirada de quinientos ejemplares numerados y firmados. Son interesantes las semblanzas de algunos libreros madrileños (Bardón, Gomis, Guzmán, Cayo de Miguel o Barbazán, entre otros) y de bibliófilos como el escritor Tomás Borrás. Amplió esas memorias en 1994 con un nuevo volumen que editó en Madrid la Asociación de Libreros de Viejo “Libris” y que tituló De libreros y de libros y finalmente en 1995 con Principio y fin de una librería (1941-1995), el último de sus libros que vio publicado y el más interesante para conocer la biografía de nuestro librero.

La obra publicada por Inocencio Ruiz se completa con dos folletos, Santo Domingo de la Calzada ingeniero y arquitecto celestial, de 1969 (edición de 300 ejemplares numerados y firmados) y El libro y la imprenta (1972), texto de la conferencia que pronunció en el Ateneo de Zaragoza el 4 de diciembre de 1972, y cuatro ensayos: Blasco Ibáñez redivivo (Radiografía de un español universal) impreso en 1979, unos curiosos Ensayos bio-bibliográficos de 1983, que reunían en libro distintos artículos y conferencias que se hallaban dispersos o sin publicar y entre los que encontramos interesantes trabajos sobre Palau, Coci, Juan Manuel Sánchez, Mariano Cabrerizo o Rodríguez Moñino, Goya visto por un librero zaragozano, editado por la Diputación General de Aragón en 1989, y su único libro póstumo, el recientemente aparecido De la piedra al papel pasando por el papiro, el pergamino y la vitela, que el Gobierno de Aragón y la Asociación de Libreros de Viejo y Antiguo de Aragón (ALVADA) han editado este mismo año 2008, “gracias al trabajo de su nieta Leonor Ruiz, que ha rescatado del olvido un viejo e inacabado trabajo de su abuelo”, según reza el colofón. El libro, del que se han tirado 500 ejemplares numerados, lleva un prólogo del profesor Guillermo Redondo Veintemillas y un epílogo del librero Francisco Asín Remírez de Esparza. Y aunque no forma parte de su bibliografía, sí deberíamos recordar aquí que el Ateneo de Zaragoza ha publicado también en 2008 una edición facsímil del Romancero Gitano de Federico García Lorca que Inocencio Ruiz copió a mano en 1941 para que pudieran leerlo sus muchos amigos y clientes ante la dificultad de encontrar por entonces ediciones originales del libro.

Inocencio Ruiz, que organizó en su librería una benemérita y ejemplar “Biblioteca Circulante” (“B.C.I.R.”) destinada al préstamo de libros, de la que llegaron a imprimirse dos pequeños catálogos en 1946 y 1947 y que fue, según Vicente Martínez Tejero, “una de las empresas más relevantes para la cultura popular zaragozana de aquellos años”, publicó también durante su vida de librero trece extraordinarios catálogos “de libros antiguos, raros y curiosos”, todos ellos impresos con gran pulcritud y elegancia en la zaragozana Imprenta Ibarra. El primero apareció en junio de 1949 y el último en junio de 1963 y en algunos de ellos publicó textos de homenaje a Antonio Palau, Jorge Coci, Joaquín Ibarra o Mariano Cabrerizo, entre otros. En el que hacía el número 12 (enero de 1960) publicó un curioso trabajo sobre “Aragón y Cervantes”, en el que defendía la tesis de que el autor del Quijote apócrifo era aragonés y aseguraba que “era un orgullo para nuestra tierra que uno de sus hijos haya estado a la altura casi del Príncipe de los Ingenios”. Para Aragón fue también un orgullo contar con Inocencio Ruiz entre sus hijos más distinguidos, y este año, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, bueno será recordarlo con admiración y cariño y acercar su figura a los jóvenes aragoneses que no llegaron a conocerlo.

 
José Luis Melero Rivas
 
   
 
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