Conget. Itinerarios
 

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           Una de las metáforas más antiguas de la vida es la del camino. Otros prefieren el río o el viaje y hay quien matizaría que la más exacta, en realidad, es el sueño de un camino. A mí me gusta pensar que ese extraño sueño, con sus curvas imprevisibles y desvíos súbitos, se compone además de una suma de itinerarios cotidianos. Durante el desvelo de los insomnios suelo forzar la memoria para trazar los itinerarios más repetidos de mi biografía. ¿Cómo se llamaba la carretera larga y fea que partía de Sauchihall Street hacia el sur, en Glasgow, cuando yo era un nefasto profesor de español en un nefasto colegio católico de Pollockshields? ¿Qué microbús nocturno me devolvía desde Miraflores al jirón Huancavelica y a la sonrisa de Maribel entre la garúa limeña de hace más de treinta y dos años? La cuadrícula de Manhattan permitía que las combinaciones de recorrido entre la calle 53 con la Octava avenida y la calle 42 con Lexington se multiplicaran hasta un número que nunca llegué a calcular pero sí me obsesionó: ¿las habría agotado todas?

          Pero el más iterado de todos los itinerarios de mi vida fue uno breve, zaragozano, que me llevaba desde el número 9 del Paseo María Agustín, donde vivía con mi abuela y mi tía, hasta el colegio El Salvador en la Plaza Paraíso. Lo emprendí a los seis años, cuando ingresé en el curso de párvulos (o de los babilonios como se nos llamaba en la jerga escolar porque nuestro profesor único era el hermano Babil, un fraile navarro, ex requeté como supe luego, y muy paciente con la chiquillería), y lo abandoné a los 17, al terminar el preuniversitario para iniciar la que pensaba entonces que sería una carrera entregada al conocimiento humanístico. Yo partía de la esquina del paseo con Capitán Esponera, justo donde la estación de autobuses Ágreda descargaba a los del pueblo –otra raza—que venían al fútbol o a la seguridad social y se compraban en la confitería, al lado de casa, aquellas conchas de ensaimada bostezando de merengue que me llenaban de envidia porque mi abuela me las tenía prohibidas (no era fino zamparse aquella ostentación de laminería) o adquirían por la tarde, en el puesto de caramelos de la Jorja, frente a nuestro portal, algún chupón de fresa o un cubilete de chufas o de pipas que entretendrían el regreso, yo partía, pues, de allí hacia otro establecimiento menos plebeyo que se encontraba una vez pasado Hernán Cortés, al principio del Paseo Pamplona, la pastelería Nuñel en la que adquiría una chocolatina Nestlé, mediana, con dos cromos de Las maravillas del universo entre el envoltorio rojo y el papel de plata. Del Paseo Pamplona me encantaba la distribución del hielo, por las mañanas, cuando lo cortaban los repartidores al borde de la acera y arrojaban los bloques cúbicos que se deslizaban como mínimos icebergs urbanos hacia las porterías de las viviendas; y la facultad de medicina, tan misteriosa, con sus estatuas sedentes de próceres científicos a los que los chavales atribuíamos un diálogo soez en torno al pedo pestífero que había dejado escapar uno de ellos; y al final, antes de los semáforos de la Gran Vía, el kiosco del Polo Norte, el penúltimo baluarte de la gula (el último nos aguardaba en las dos puertas del colegio con sus sendas abuelicas, la amable, la gruñona, y sus cestas de chucherías, más los ideales y los celtas para los más mayores), regentado por una chica joven a la que mi compañero Constantino Azara y yo –debíamos andar por ingreso de bachillerato—fastidiábamos con una gamberrada ingenua y machacona: cada mediodía nos acercábamos a preguntarle en francés “avez-vous du pain?”, tontería que enfurecía a la muchacha y a nosotros nos producía un frenesí de carcajadas, hasta que un día el novio o el hermano de la dependienta nos persiguió para soltarle un bofetón doble al pobre Constantino, que era gordito y corría poco, y  con eso se terminaron nuestros impertinentes coqueteos con el Polo Norte. Al otro lado, atravesado Calvo Sotelo y la promesa de los tranvías que subían al Cabezo, nos tocaba el cruce vasto y peligroso hacia el mamotreto escolar; pero antes una visita a los carteles del cine Elíseos, donde casi todos los de mi clase, que ya en sexto parecían mayores de 18 años, vieron La escapada y yo me tuve que conformar con  el cuadro, que se me antojaba la cumbre del morbo, en el que una joven bailaba el twist en bikini y con una pierna escayolada. En ningún otro enclave de la ventosa Zaragoza sopla el cierzo –o soplaba, el cierzo ya no es el que era, sospecho—con tanta violencia como en ese cruce, tanta que en una ocasión derribó parte de la tapia del colegio, y yo recuerdo el placer  de sentirme respaldado o enfrentado por su soplo furibundo, una experiencia estimulante que confería a la llegada a clase el estremecimiento de la aventura. Como aventura sugería la niebla matutina, esa niebla cerrada y casi algodonosa que nada tenía que envidiar a la que inventó Hollywood en sus ensueños londinenses, y que me inspiraba la fantasía de que a lo mejor detrás de su gasa el edificio de la Caja de Ahorros, la fuente de la plaza y El Salvador mismo habrían desaparecido y entonces qué. Celebraba las tormentas porque, igual que a la mayoría de los niños, no me importaba mojarme, al revés, y no se me ha borrado la tarde en la que, a poco de obtener el permiso para volver del colegio sin un adulto de carabina, me sorprendió un aguacero torrencial a la altura de la calle Doctor Cerrada; observé cómo buscaban refugio los transeúntes mientras yo avanzaba impertérrito bajo la lluvia, es más, posiblemente me desabotoné el abrigo para dejar que el agua me empapara y con la cabeza erguida a modo de mascarón de proa avancé primero despacio y luego a toda carrera, tal vez gritando de la alegría de sentirme libre, hasta el escándalo de mi abuela, en casa, que me obligaría a cambiarme de ropa entre suspiros y pronósticos de pulmonía que no alteraban mi tácita felicidad. Durante los últimos años solía trazar un itinerario alternativo a la salida vespertina: primero acompañaba a mi amigo Manuel Aguirre hasta Méndez Núñez, en el Tubo, a que dejara la cartera y a su hermano pequeño (al que no hacíamos maldito caso durante el trayecto), y me acompañaba él a su vez en sentido inverso, aunque a menudo, al llegar a la Puerta del Carmen, se había hecho tarde y Aguirre tenía que desandar las mismas calles otra vez conmigo a su lado si todavía me quedaba el margen de quince o veinte minutos, y ya en la Plaza España me volvía porches arriba dándole vueltas al cuento de terror y de venganzas que habíamos ido discurriendo durante el rigodón del te acompaño me acompañas. Tendría que hablar de mis paradas en la calle Almagro, después de comer,  para recoger a José Luis Andolz que los lunes me escenificaba los partidos del Zaragoza; y el humo de las tertulias tras la puerta del café Levante; y las miradas no correspondidas a la muchacha morena  que llevaba en junio vestidos  estampados y por encima de la rodilla y sacaba a pasear a su perro desde la única casa del Paseo Pamplona con cancela; y las discusiones con Felipe Moreno a quien ofrecí, a los siete u ocho años, mil pruebas irrebatibles de que los Reyes Magos no eran los padres, sin convencerlo porque su padre le había asegurado contundentemente lo contrario.

             No me considero un desterrado del país de la infancia, como Baudelaire, ni me entrego a nostalgias invencibles de aquella época. Mucho de lo que me ha ocurrido luego ha dejado en mí huellas más intensas que me acompañarán hasta la última hora: la mano de Maribel bajo un sauce, gestos de Rebeca y de Miguel suspendidos en el tiempo, un paseo por la playa de Cádiz en diciembre, algunas mañanas de Roma, los domingos en Manhattan cuando me despertaba al oír una trompeta. Sin embargo, descubro en aquel primer itinerario algo de patrón y de irreversible aprendizaje. En los muchos caminos que después he recorrido resonaron, tal vez distorsionados o desorientados, aquellos pasos que en 1954 comenzaron a recorrer la distancia entre la casa y el colegio. Quiero creer que ese caminar por un fragmento de Aragón, concretado en unas calles, dos paseos y una plaza de Zaragoza, se introdujo también en los libros que he escrito, y su eco, secreto e imborrable, se escucha en todas mis palabras.

Discurso de recepción del Premio de las Letras Aragonesas 2007. Zaragoza, 21 de abril de 2008.

 

José María Conget. Premio de las Letras Aragonesas 2007

 
 
   
 
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