Pistas (claves) para leer a Conget. Premio de las Letras Aragonesas 2007
 

Artículo aparecido en la revista Letras Aragonesas f. Versión en pdf.

 

En Quadrupedumque, primera novela de José María Conget, se anuncia, de forma escueta y con medido tino, el quicio de mayor trascendencia a la hora de abordar y, por tanto, de comprender el mundo narrativo del autor: “morir es perder la memoria”. Plasmar lo vivido –no olvidar nunca que tiempo es historia– se convierte, sin duda, en la fuerza más vital que mueve al Conget narrador a lo largo y ancho de toda su empresa literaria. De ahí, esa condición de cronista –generacional, espacial, etc.– de la que tanto hablan los críticos cuando se enfrentan con sus novelas.

A Conget, narrador inclasificable y estilista nato, le interesa la realidad vivida que, aunque hecha añicos y cuarteada, pervive gracias a los recuerdos. De no ser así, todo caería en el olvido. Pues en éste, como es bien conocido, al final sólo hay cabida para la evidencia de la desaparición, de la muerte y de la inexistencia. Por ello, avivar el recuerdo y mantener viva la llama de éste engendran la fábula en Conget. A tal empresa responde el grueso de su trayectoria creativa. Y ello es así aunque el narrador aragonés sabe que tanto el espejo de la palabra como el fanal de los recuerdos y sus ecos pueden traicionarle en la misión de evocar la realidad pasada y vivida. Porque de ésta, que siempre es compacta, tan sólo se puede dar una noticia fragmentada. Con ello, además, queda anunciado otro de los motivos esenciales con los que, también, nuestro autor edifica sus fábulas: la confrontación entre la realidad y la memoria de tal realidad. Es decir, la importancia del engaño que acompaña al recuerdo, que más que escribir lo vivido, lo reescribe. Y, también, la importancia de la permanente muda a la que estamos sometidos los humanos en nuestro permanente fluir; en suma, la importancia del yo cambiante. De ahí, como consecuencia lógica, el juego de “escribidores” o el uso de distintas “voces” en la narrativa de Conget.

Apenas una década después, en uno de sus artículos, también a modo de confesión y con matizaciones muy significativas, ironía somarda incluida, Conget nos habla acerca de su relación con la literatura: “soy lector hedonista (quiero decir que leo en busca de satisfacción estética o intelectual) y escribidor, también, por placer –y por otras cosas imagino–, pero si no disfrutase escribiendo, no lo haría”. Conciso y clarificador. Frases como las citadas, sentidas y llanas, pero siempre enjundiosas y muy plurales en cuanto a significados, abundan a lo largo de la obra creativa y reflexiva del autor aragonés. Tantas que, mediante una fácil cata y su extrapolación, podría construirse un jugoso libro de citas, precisas y, ante todo, con sabor gracianesco.

Memoria –asentada en el sustrato biográfico o, mejor, en la experiencia de lo biográfico–, indagación constante y ansia de placer, amén de un lenguaje vivo y muy personal, aparecen siempre como elementos estructuradores en la narrativa de José María Conget. Un Conget contador de historias que, a lomos del placer estético e intelectual, busca, ante todo, comprender y comprenderse en la aventura de vivir. Tareas ambas que, quien se adentre en las singladuras narrativas creadas por él, también, cual nuevo Ulises, está obligado a ejecutar. De ahí la importancia, en perfecta simbiosis temática, de las cuantiosas referencias cinematográficas y de las continuas alusiones culturales e intelectuales de las que hace gala José María Conget –sin dosis alguna de pedantería cultista; muy al contario: como conocedor de la importancia de la imagen y de la palabra, claves para el ser humano del siglo XX a nuestros días–. Referencias y alusiones que, además, apoyan con fuerza el edificio argumental de sus historias literarias. Por eso, en ellas, como dice la crítica, Conget tiene, en varias direcciones, tanto de cronista. Pues, continuamente, como infatigable mirón y participe, echa mano del entorno y sus simas. Aunque al indagar en él y ellas, antes que responder a la felicidad que todo el mundo afirma ansiar y perseguir, con el humor y ciertas dosis de ironía, además de poner distancia de forma inteligente, consigue extender tintes de ternura por los territorios de lo cotidiano, tan proclives a lo manido, a la fealdad, a lo sórdido o a la crudeza.

Miedos de infancia, problemas de la adolescencia, la vida-aprendizaje en el colegio la amistad, las relaciones familiares, el sexo, los viajes, el cine, el trabajo, la lectura, el paso del tiempo, el vacío de la existencia, la muerte por supuesto…, es decir, la vida, lisa y llanamente, con su suma de perspectivas, ya sean rutinarias, sórdidas… o amables. Estos son los nutrientes típicos de las novelas del aragonés. Y lo son porque Conget, desde sus inicios como narrador, nunca ha ocultado que la ficción es hija de la realidad.En consecuencia, lo normal, por tanto, es que se ejecuten adentramientos por los recodos de lo que es memorable del vivir cotidiano. El resultado: la ya mencionada fábula de lo vivido, ante la cual el lector, obligado voyeur, asiste, como en una película, pormenorizada novela tras novela. Y asiste, aceptando, en gran medida, su contenido, ya que, por lo general, también acaba reflejándose en el espejo literario que Conget ha aderezado. Un espejo que posibilita descensos –más que posibles– a uno mismo, a las propias simas de su memoria y de su entorno. Pues, como los personajes –cuando menos, así se percibe en las cuatro primeras novelas del autor–, todo el mundo es consciente de que la vida es provisional, además de monótona y rutinaria, y de que solamente las palabras consiguen atraparla y fijarla –fragmentariamente, claro– una vez que ésta ha transcurrido.

Espacios físicos reconocibles, épocas temporales muy concretas, costumbres arraigadas, sucesos claves de la historia reciente en España y del mundo, lecturas adolescentes o generacionales, películas y músicas esenciales para una generación, corrientes culturales, tebeos… conforman el fondo de la memoria congetiana en su caza, captura y recuperación de la realidad y de la vida. La memoria personal, fragmentaria y sin duda con arrabios, recuperada por Conget y que sirve de fondo en sus novelas, aún siendo esencial narrativamente, posee otras claves y funciones. Entre ellas, por ejemplo, sus puñadas de crítica, pese al distanciamiento. Se trata, pues, de una memoria que, junto al penetrar en la conciencia de la vida, permite, también, indagar sobre la imposibilidad del arte de crear –repárese en Todas las mujeres–, sobre el valor de las palabras, sobre la sexualidad y sobre bastantes temas más cargados de enjundia. Es cierto que el “nomadeo” de Conget escritor por Lima, Londres, Nueva York, Glasgow, Cádiz, Sevilla, París, además de su infancia- adolescencia en Zaragoza, Borja o Pamplona, sirven y actúan como la base indiscutible en  determinadas novelas –la trilogía, Todas las mujeres, Palabras de familia…– y textos misceláneos –Cincuenta y tres y Octava, Pont de l´Alma, Bar de anarquistas, … –, permitiendo reflexiones e historias al rebufo de anécdotas y sucesos. Pero, pese a este tinte autobiográfico, no debe caerse en un fácil seguimiento de lo personal y de crónica –que lo hay–, porque Conget trasciende siempre tanto el uso de lo biográfico, como la mirada de creador que ejecuta sobre el entorno. Una circunstancia que, sin embargo, no inhabilita la importancia del Conget escritor que siempre se asoma en sus novelas a una Zaragoza, mágica y mítica, inaugurada en Quadrupedumque, con sus cines de barrio, sus paseos y calles, su colegio de jesuitas, su universidad, sus cafés… allá por los sesenta del siglo pasado.

Ramón Acín

Saber más de José María Conget

 
 
   
 
<< volver
 


Dirección General de Cultura y Patrimonio. Centro del Libro y la Cultura de Aragón .
Edificio Ranillas. Avda. Ranillas 5 D 50071  (ZARAGOZA)
Tel. 976 716 603 – Fax 976 71 48 08
Privacidad - Aviso Legal - centrodellibro@aragon.es