Una pila de libros. Últimos y penúltimos escritores aragoneses
 

Faltan cosas… dice Johnny,
tú estás mucho más enterado que yo,
pero me parece que faltan cosas.
 “El perseguidor” de Julio Cortázar

Hay distintas formas de reconstruir la vida de un lector. Alberto Manguel, tan aficionado a estos menesteres, siempre plenos de anecdotario y, en ocasiones, de melindres, señala varias. La vida del lector que es uno mismo, claro está, porque para reconstruir la vida de los otros hacen falta metodologías previas que solventen la dificultad técnica que siempre guarda la intimidad. Pero  hagamos uso literario –el rimbaldiano je est un autre-. La primera de las formas que indica Manguel para reconstruir la vida de un lector es la más sencilla: recorrer la biblioteca propia, especular sobre su orden o desorden, los temas que prefiere, los libros más ajados por lecturas tumultuosas, los intonsos por capricho, los perdidos que aparecen en un hueco hasta entonces invisible. La vida de lector que resulta es un viaje ensimismado por el laberinto que hemos ido construyendo libro a libro. La segunda forma que propone Manguel es una variante de la primera, pero, frente a la categorización que imponen los anaqueles –alfabética, géneros, lenguas o colores-, esta segunda es siempre accidental, fruto del azar, los propósitos no cumplidos, el derecho a la pereza o la imposición del trabajo, que no deja de ser otro accidente: la reconstrucción consiste en repasar alguna de las pilas de libros que se amontonan por distintas partes de la casa, en el cuarto de estar, en la mesilla de la cama, donde la televisión, en la cocina, en el baño, por el suelo, como marcas de un territorio vedado a quienes no han suscrito ese pacto secreto que cualquiera establece con sus libros.

El recorrido por nuestros libros, en cualquiera de las dos variantes, pone en presente el archivo de nuestra memoria personal. Los discursos ajenos también describen nuestra vida, con tanta intensidad, más incluso, que los recuerdos. Los libros construyen nuestra memoria, le ponen límites imprecisos, la redondean cuando abruma el olvido. Los libros son nuestro pasado presente, nuestro todavía, nuestra condición de posibilidad, son la experiencia y la expectativa, esas mellizas que dibujan el tiempo.

Cuando hace unos meses me propusieron escribir sobre los escritores aragoneses últimos o penúltimos, recorrí  los tres brazos de mi biblioteca a la búsqueda de experiencias y expectativas. Al recorrido le acompañó una premisa cronológica: empecé a leer a escritores aragoneses jóvenes cuando entré en la facultad, en el año 1990, quizá un año antes, y todavía continúo. Casi veinte años de lectura desde la colección Cave Canem que dirigía Fernando Andú hasta la editorial Eclipsados que dirige Ignacio Escuín. Dos mundos diferentes, con distinto pulso, pero con parecido arrebato por la literatura, que se mezclan en la pila de libros que he ido amontonando para escribir este artículo. También he puesto la septima reimpresión de las Cartas a un joven poeta de Rilke. Por Mauricio Aznar. Cuando cambió definitivamente el Cass rock’n’roll por chacareras y milongas, a Mauricio te lo encontrabas por las calles de Zaragoza cantando con su guitarra. Y una mañana, la recuerdo soleadísima, tras escucharle en la calle Cádiz o en San Miguel fuimos lo dos a tomar un café y a hablar de poesía. Él, sin dudarlo, me dijo que el libro que más le había marcado eran las cartas de Rilke, a quien imaginamos como un espíritu pasando por el Arco del Deán. “Intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde.” Otro seguidor de aquellas cartas era José Manuel Durá,  escritor por explotar y transterrado vocacional, después de hacer de estatua humana por toda Europa parece que se ha instalado en la serena Eslovenia. Junto a Manuel de Lario y Santiago Morales, otros dos poetas con mundo recorrido, José Manuel Durá está presente en un seminal Cuadernos de Poesía en el  Campus.

Los días antiguos se titulaba una plaquette de Manuel Vilas que publicó Cave Canem junto a su barca de Caronte. Llevaba una separata con una ilustración de Mallada y el lema: “No eches de menos un destino más fácil”. Repaso los libros azarosamente amontonados y advierto mis días antiguos, el sinuoso destino. Los Dibujos animados de Félix Romeo que tanto he regalado; el primer libro de Sergio Algora, Envolver el humo, con aquella ilustración, cabeza de fantasma, de Óscar Sanmartín; Fragmentos para una arquitectura de las ruinas  de Saldaña; los Cinco jovencísimos poetas aragoneses entre los que ha destacado como un ibón Ángel Gracia; los cuadernos autoeditados de Aaron Benito y Carlos Pardos a quien se llevó el Ebro cuando era más silencioso, dos auténticos poetas malditos, miembros del colectivo Vagabundos que encabezara Benno Hübner; el Tenebrario de José Antonio Sáez; los cuentos de Todo sigue igual de Chuse Izuel; el Diario de la anemia de Jesús Jiménez, y sus Fermentaciones con esa extraordinaria parte de mujeres acuáticas titulada “Amor o canibalismo”; la Habitación salvaje de Petisme, Ángel o Caín; En otros términos de Andú, quien busca más la raíz, con él pasaba tardes en La esfera y noches jugando al billar en el Milagro, hablando de René Char, de Zbigniew Herbert o Seamus Heany; Un país sin nadie de Enrique Gutiérrez que empezaba “Un recuerdo somos, un rumor,/una puerta que se cierra.”

De Madrid al cielo tituló Ismael Grasa el libro de Zenón de Cuatro Caminos con el que casi gana el premio Herralde y que leí en Madrid, durante días en los que me dedicaba a abrir y cerrar puertas. En el metro de Madrid, en el circular, en la línea roja y en la azul, he leído libros que eran y no eran aragoneses que me llevaban de una corrala en Bravo Murillo a Montemolín, de Moratalaz al barrio de las Delicias. Uno se trae en el recuerdo de Madrid libros como La edad del pavo de Daniel Gascón, Pólvora mojada de Óscar Sipán, El hígado de Shakespeare de Francisco M. López, La novia parapente de Cristina Grande, los artículos que en Clarín escribía Julio José Ordovás, los libros de Berna de M. Á. Ortiz Albero, Donde comienza el desorden, y Gabriel Sopeña, Buen tiempo para el deshielo, Autos de choque de Notivol o  la Bella durmiente de Miriam Reyes. También leía en el desaparecido Intercity Madrid-Zaragoza, siempre cargado de libros, la maleta con libros, la bolsa con libros, un vagón cargado de libros, una biblioteca atravesando los montes de Calatayud en el camino del sol. En ese tren descubrí que Manuel Vilas se había convertido en vampiro y que a Zaragoza le había quitado todas las letras menos la zeta.

En los años recientes destaca el furor de Manuel Vilas, sus intensas ganas de reinventarse a doscientos kilómetros por hora. Resurrección es la última muesca de una literatura que cada vez tiene más lectores, muchos de ellos jovencísimos, algunos también escritores, y, no podía se de otro modo, escritores aragoneses. Uno piensa que el tiempo llega a detenerse desapareciendo las referencias geográficas, que cambia la percepción y cambia el sentido y los lugares repetidos se convierten en algo por descubrir. A Zaragoza regresé un día de septiembre con cierzo e incierta ventura, volvía a una ciudad que cambiaba mi experiencia por la radical expectativa. Y esta Zaragoza nueva uno también la está leyendo con otros ojos, con las de escritores jóvenes que han aparecido vertiginosamente los últimos cinco años. Hay tantos que en poco tiempo han sido recogidos en varias antologías, de verso y de prosa: Noreste, El viento dormido. Nuevos prosistas en Aragón y Ocultación transitoria [Fotografía poética del grupo Eclipse]. Las tres con el común denominador de Ignacio Escuín, poeta de Pop. Y con muchos nombres por descubrir: unos editados, Raúl García (Hace tanto frío en Alaska), Nacho Tajahuerce (Deshielo), Almudena Vidorreta (Tintación), Brenda Ascoz (En ajeno); otros inéditos, Vicente Rubio, Pablo Lorente Muñoz o Juan Marqués. Además, fuera de estas antologías hay nombres que podrían estar en otras similares: Octavio Gómez Milián (Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez), Carmen Ruiz Fleta (Música para perros), Roberto Malo (Malos sueños) o Pablo Lópiz (Monedas falsas).

Llegado a este punto, uno descubre ingenuamente que no hay más libros en la pila, que la memoria es una biblioteca de noche, también lo diría Manguel, que ha cambiado los libros de sitio, estableciendo conexiones que, de momento, no entiende demasiado bien, otro orden, ruidos que llegan desde otra habitación. La literatura es un orden momentáneo. La vida de un lector también es la vida de otro.

 
David Mayor. Septiembre 2006
 
   
 
<< volver
 


Dirección General de Cultura y Patrimonio. Centro del Libro y la Cultura de Aragón .
Edificio Ranillas. Avda. Ranillas 5 D 50071  (ZARAGOZA)
Tel. 976 716 603 – Fax 976 71 48 08
Privacidad - Aviso Legal - centrodellibro@aragon.es